¿Quién es culpable?

Hace dos semanas me impactó una noticia ocurrida en Los Ángeles, California: un jurado declaró responsables a empresas como Meta (Instagram) y YouTube por el daño psicológico que sufrió una joven que, desde la infancia, desarrolló una adicción a las redes sociales.

La joven empezó a utilizar estas plataformas a los 6 años y, con el tiempo, tuvo que lidiar con ansiedad, depresión y autolesiones. El jurado concluyó que estaban diseñadas de forma altamente adictiva y negligente, y que no advertían correctamente del riesgo, por lo que concedió una indemnización de casi 6 millones de dólares.

A primera vista, parece claro: la tecnología es culpable. Y sí, lo es en parte. En la actualidad, sabemos que este tipo de plataformas emplea mecanismos orientados a captar la atención: scroll infinito, avisos continuos, inmediatez, novedad y contenidos adaptados para activar el sistema de recompensa del cerebro. No es casualidad que los niños se enganchen: es un negocio.

Si sólo nos quedamos ahí, nos arriesgamos a asumir un papel pasivo, porque hay una pregunta inevitable: ¿quién permitió que una niña de 6 años tuviera acceso temprano y prolongado a este tipo de plataformas?

Y es que, si bien las empresas diseñan, son los padres quienes toman la última decisión.

Este caso no sólo hace visible la irresponsabilidad del sector tecnológico, sino también una realidad incómoda: muchos niños hoy tienen acceso a dispositivos sin límites, a solas y sin las herramientas necesarias.

Se les coloca en un mundo con una alta capacidad para captar la atención y se espera que ellos mismos regulen el uso de la tecnología, cuando su cerebro todavía no está preparado para ello. Desde la perspectiva de la neurociencia, esto es bien conocido. A los 6 años, la situación es la siguiente:

  • El lóbulo frontal (área responsable del autocontrol) es inmaduro.
  • El sistema de recompensa (la dopamina) es muy sensible, lo que activa circuitos que favorecen la adicción.
  • La capacidad de tomar decisiones es extremadamente limitada.

En otras palabras: un niño no puede defenderse de una tecnología diseñada para engancharlo. Y la pregunta no es solamente qué hicieron mal las empresas, sino qué hemos dejado de hacer los adultos.

Hoy vivimos la preocupante tendencia de culpar únicamente a factores externos: las pantallas, los algoritmos, las redes sociales. Pero, al hacerlo, perdemos algo esencial: la responsabilidad de criar y educar.

Pensemos en otros ejemplos. Sabemos que el alcohol puede provocar adicción, el tabaco perjudica la salud y los alimentos ultraprocesados afectan el cuerpo. Por ello, no permitimos que un niño acceda a esos productos.

Entonces, ¿por qué, con la tecnología, actuamos de manera diferente?

¿Por qué manejamos un teléfono como si fuera un juguete inofensivo -cuando no lo es-, si en realidad es una ventana a un sistema que intenta captar nuestra atención sin descanso? El problema no es solo tecnológico. Es también nuestro.

Este caso ofrece una lección clara: la responsabilidad es compartida. Las empresas deben rendir cuentas por sus diseños y la sociedad debe avanzar en su regulación, pero hay una responsabilidad que nadie puede suplantar: la de los padres para educar y formar a sus hijos.

Esta noticia no es sólo una victoria legal. Es una alerta. No podemos esperar a que un juez limite aquello que primero debió hacerse en casa. No podemos entregar la formación de nuestros hijos a empresas cuyo objetivo es mantenerlos conectados el mayor tiempo posible.

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