¿Quién educa a los hijos? ¿Quiénes tienen la principal responsabilidad de educar y formar a los niños y adolescentes? La respuesta obvia debería ser: los papás. Entonces, ¿por qué dejamos esta obligación a los maestros, abuelos, nanas, choferes o terapeutas? Me llamó la atención el artículo publicado el 6 de julio pasado en el periódico norteamericano The New York Times titulado Now Some Families Are Hiring Coaches to Help Them Raise Phone-Free Children (Algunas familias hoy están contratando coaches para que les ayuden a educar niños libres de celular).

La mayoría de los padres están alarmados por el aumento del tiempo en pantallas de los hijos, y desearían regresar el tiempo para vivir como antes que llegaran los smartphones (teléfonos inteligentes). Han tenido que contratar profesionales ante su impotencia para regular la tecnología. Éstos orientadores van a las casas, escuelas e iglesias para recordar a los papás cómo educaban los padres antes. No estoy diciendo que el ayer era mejor que hoy. Vivimos épocas diferentes y cada una tiene estilos buenos y malos. Sin embargo, la modernidad nos ha hecho olvidar: vivir en lo esencial. Y ¿qué es vivir en lo esencial? Convivir en familia cara a cara (face to face), el juego al aire libre con amigos (los encantados, las canicas, la escuelita, las escondidas, entre otros más) y juguetes de imaginación (pasteles de lodo, carritos con caja de zapatos y una toalla colgada en la espalda para sentirse Superman).

Muchos padres me comentan que es imposible quitarles el celular a sus hijos: “Maestro, mi hijo de 9 años hasta me golpeó porque le pedí que apagara su celular en la cena. Me gritó que por mi culpa no pudo pasar de nivel en el pase de batalla”. En otra ocasión unos papás me comentaron: “No sabemos cómo explicarle que su celular la está lastimando. Ha bajado sus calificaciones, duerme muy poco, tiene conductas desafiantes e impulsivas desde que tiene un smartphone”.

Este es trabajo de los padres. Los maestros u orientadores pueden ayudar a dar pautas para que los padres tengan más claro cómo deben poner límites y reglas en el uso de los celulares. Y la pregunta de los papás: Y ¿qué van a hacer sin celulares? Darles un libro, una cuerda para brincar, una libreta para que iluminen, una escoba para que ayuden a recoger, un tenedor manual o una paleta para que ayuden a quitar las hierbas del jardín, una brocha para que pinte alguna pared, unos ganchos para tejer, abrir el libro de recetas y preparar algún platillo y cientos de recomendaciones más. Recordemos nuestra niñez y adolescencia, ¿tuvimos momentos para aburrirnos? Creo que muy pocos. Nos faltaban horas al día para poder terminar todo lo que teníamos en nuestras mentes que queríamos hacer.

Hace algunos meses una mamá me dijo: “Le puede decir a mi hijo que ya no use su celular tanto tiempo y que haga la tarea”. ¿De quién es responsabilidad esta tarea? Los padres deben renunciar a su responsabilidad. No digo que es fácil, pero sin la colaboración directa de ellos todo esfuerzo de maestros y otros adultos fracasará.

Hay un grupo de papás de Austin, Texas, que han creado un movimiento llamado Wait Until 8th Pledge (promesa de esperar hasta octavo grado), donde en un pacto público prometen que darán un celular hasta que sus hijos estén en segundo de secundaria. ¿Por qué no podemos hacer algo parecido en las escuelas o en nuestras familias? Esto bajará al menos dos rayitas a la presión que reciben los padres que son los únicos que no permiten que sus hijos usen celulares.

Periodico VANGUARDIA