Aprobar sin aprender

En los últimos años, he observado que cada vez más estudiantes universitarios llegan con pocas habilidades básicas de aprendizaje, como la comprensión lectora, el razonamiento matemático, la atención, la persistencia y la pasión por la profesión.

Lo alarmante parece ser que muchos han aprobado los cursos con excelentes calificaciones, pero no han cimentado los fundamentos. O sea, han pasado de grado… pero sin bases. Por ello no me sorprende que muchos no logren el puntaje mínimo en los exámenes de admisión, pero aun así son aceptados.

Informes recientes de The Chronicle of Higher Education advierten que el problema ya no se limita al acceso a la educación: cada vez más estudiantes llegan a niveles superiores con una preparación insuficiente. Y algunas universidades han optado por eliminar los cursos remediales -considerados cursos para poner al día las competencias deficientes- y consisten en enviar a los alumnos directamente a cursos de nivel superior.

Por un lado, más alumnos están en condiciones de inscribirse en los cursos universitarios. Por otro lado, muchos estudiantes acaban sintiéndose abrumados, frustrados y con una peligrosa conclusión: «No soy capaz de aprender», algo que no es trivial. Cuando un estudiante pierde la fe en su capacidad de aprender, en cierto modo, afecta a lo académico, y, por tanto, va más allá y se asienta en la vida emocional.

Un primer paso es modificar ligeramente la pregunta. No tanto la calificación, sino la del proceso: ¿qué ha aprendido el niño? ¿Qué le ha costado? ¿Cómo ha aplicado la resolución de todas las dificultades? Mantener este tipo de diálogo contribuye a reforzar la metacognición, es decir, la capacidad de reflexionar sobre su propio aprendizaje.

La detección de las dificultades constituye, por lo tanto, otro aspecto determinante. Una intervención programada para secundaria o preparatoria suele considerarse demasiado tardía. Es urgente implementar programas sólidos que fortalezcan las habilidades académicas y cognitivas desde la primaria. No es aceptable que un niño termine esta etapa sin saber leer ni escribir ni dominar las matemáticas básicas.

No podemos dejar de lado la necesidad de restablecer el valor del esfuerzo. Aprender es saber que puedes fracasar y volverlo a intentar hasta que llega aquel momento en el que lo has conseguido. En cambio, no poder evitar la frustración que a toda costa supone debilitar la capacidad de autorregulación, una de las competencias más relevantes de la vida.

De la misma manera, no podemos dejar de lado el componente emocional. Un espacio que acompañe, oriente y confíe en que el alumno puede cambiar la frontera entre el abandono y el éxito. Porque el verdadero problema no es que un alumno repruebe, sino que logre aprobar sin aprender.

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