Podría hacerse la siguiente afirmación: en la época de la inteligencia artificial (IA) a la que hemos llegado, se podría asumir que los jóvenes que entran en el mercado laboral llegan plenamente formados: saben dominar la tecnología, navegan con destreza por los entornos digitales y se adaptan rápidamente a las nuevas herramientas.
No obstante, cuando se ha preguntado a los altos ejecutivos de las empresas estadounidenses qué habilidades faltan con más frecuencia en sus jóvenes trabajadores, la respuesta ha sido nítida y unánime: el problema no es tanto -o no principalmente- técnico, sino humano.
De hecho, los directivos de empresas tan diversas como Abbott, Citi, Google, IBM, Microsoft, Intuit o McKinsey coinciden en que las llamadas habilidades blandas o soft skills han llegado a ser el verdadero cuello de botella del talento joven.
La comunicación interpersonal, el pensamiento crítico, la resolución de problemas, la colaboración, la capacidad de adaptación, la empatía y la concentración aparecen de forma recurrente como deficientes.
Bryan Quick, director de adquisición de talento en Abbott, también hace hincapié en que los jóvenes son muy competentes desde el punto de vista técnico, pero necesitan acompañamiento para adquirir habilidades básicas (ser capaces de hablar en público, escribir un correo profesional, tomar decisiones de forma autónoma o cuestionar las suposiciones).
Si no se poseen estas competencias, la tecnología se convierte en un atajo plano; no constituye una ventaja real. Por otra parte, varios líderes evidencian la dificultad de los jóvenes para manejar la ambigüedad: «Muchos de los jóvenes se sienten poco cómodos cuando hay que examinar en profundidad un problema del tipo ‘ve tú primero y luego yo te diré’; esta vulnerabilidad ante la incertidumbre sería una limitación para el desarrollo profesional».
El mensaje subyacente es claro: el talento joven no carece de capacidad, sino de educación. Las escuelas y las universidades han priorizado contenidos y herramientas, pero no han considerado suficientemente la experiencia, la reflexión, el error, el trabajo colaborativo ni la toma de decisiones autónoma.
En un mundo donde la IA tiene una hegemonía innegable, las habilidades más valoradas no serán las que la IA automatiza en lo cotidiano, sino aquellas que permiten a las personas reflexionar, regular o decidir con criterios humanos.
La paradoja es evidente: cuanto más se desarrolla la tecnología, más urgentes son las llamadas a una educación en lo profundamente humano. Sólo aquellas personas que logren compaginar la competencia técnica con la madurez emocional, el pensamiento crítico y el sentido ético estarán verdaderamente preparadas para el futuro del trabajo.