Menos capaces

El pasado 23 de marzo leí en la sección Vida un artículo titulado «Avanza deterioro de salud mental en jóvenes», basado en un estudio de Sapien Labs, que establece que un 41 por ciento de los jóvenes entre 18 y 34 años presenta impedimentos en su funcionamiento cotidiano.

No nos referimos solamente a la tristeza o a la ansiedad, sino también a la dificultad para trabajar, estudiar, relacionarse o tomar decisiones. La pregunta es inevitable: ¿qué origen tiene todo esto? La respuesta apunta a la infancia.

En educación preescolar se ha encendido la alarma: aumentan los niños que se incorporan a la escuela sin saber usar el baño de forma autónoma, atarse los zapatos o seguir instrucciones simples, habilidades que antes formaban parte del desarrollo esperado. Sin embargo, no se trata de un fenómeno aislado ni superficial, sino de la punta del iceberg de un problema más profundo: la pérdida de habilidades básicas para la vida.

Un estudio del EdWeek Research Center (2026) pone de manifiesto que los educadores presentan cada vez más dificultades en la autorregulación, la concentración y el desarrollo de la autonomía en los niños pequeños. Es decir, llegan menos preparados para aprender.

Es aquí donde empieza a cobrar sentido una idea de mi último libro, Educados para el fracaso: no estamos formando niños incapaces, sino poco preparados. No es falta de inteligencia, sino de entrenamiento.

Durante décadas, la familia y la escuela entendían que educar implicaba formar hábitos, exigir esfuerzo y establecer límites claros. Hoy, sin mala fe, hemos cambiado de camino. En nombre del amor, evitamos exponerlos a la frustración. En nombre de la comprensión, dejamos de corregir. Y, en favor del bienestar inmediato, suprimimos el esfuerzo.

La consecuencia está a la vista: niños que no toleran el aburrimiento, que se frustran con facilidad y que necesitan estímulos constantes; niños que tienen dificultades para realizar tareas sencillas por sí solos.

Tres factores ayudan a explicar esta situación: menos límites y más confusión; exceso de pantallas y búsqueda de gratificación inmediata; y falta de entrenamiento emocional, ejecutivo y conductual.

Porque aprender a atarse los zapatos no es solo una destreza operativa: es entrenar la paciencia, la atención, la coordinación y la perseverancia. Es, en suma, desarrollar capacidades fundamentales. Y eso marca la diferencia entre un niño dependiente y uno capaz.

¿Qué podemos hacer los padres? Marcar límites claros, aunque incomoden; reducir el tiempo de pantallas; fomentar hábitos y responsabilidades; permitir la frustración como parte del aprendizaje y valorar más el esfuerzo que el resultado.

Educar implica esfuerzo, persistencia y, a veces, aburrimiento. Educar es repetir, insistir y sostener. Pero también es algo más importante: preparar a nuestros hijos para la vida real. No es culpa de los hijos; es responsabilidad de los adultos.

Y educar hoy, más que nunca, implica recuperar el valor de formar carácter, en lugar de centrarse solo en el bienestar inmediato.

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