Vivimos en una época en que las pantallas están por todos lados: celulares, tabletas, videojuegos. Todo forma parte de la realidad cotidiana de nuestros hijos.
Pero, ¿qué pasa cuando el tiempo frente a la pantalla es tan absorbente que tu hijo pasa por alto comer, beber agua, ir al baño o hasta dormir?
Esto, que puede parecer exagerado, es más habitual de lo que parece. Cada día son más los padres que informan que sus hijos se saltan comidas, no tienen sed o «aguantan» ir al baño durante horas mientras están jugando un videojuego, viendo TikToks o maratones de YouTube. Pero, detrás de esto, la realidad es que hay una señal de alarma que no podemos obviar.
Esto es común. Los videojuegos liberan grandes cantidades de dopamina, molécula de la recompensa, y todo lo cotidiano pierde importancia hasta para ir al baño.
La mayoría de los videojuegos, aplicaciones y redes sociales están diseñados para captar la atención durante el mayor tiempo posible. No es casualidad: colores brillantes, sonidos sin tregua, recompensas rápidas y notificaciones que provocan pequeños «golpes» de placer en el cerebro.
Cuando un niño pasa horas bajo esos estímulos se ubica en un estado de hiperfocalización: su atención es absorbida por lo que ocurre en la pantalla, su cerebro desactiva otras señales corporales (hambre, sed, necesidad de ir al baño o sueño) que en situaciones normales tendrían prioridad. No es que no tenga hambre: es que su sistema de alerta interna deja de sonar.
Esto puede sonar inofensivo, pero si ocurre muchas veces puede tener consecuencias para su salud física y emocional. Las consecuencias físicas son deshidratación, cansancio, problemas digestivos.
Este tipo de hábitos acaba afectando la conexión entre el cuerpo y la mente. El niño deja de escuchar sus señales corporales, lo que se conoce en psicología como desconexión interoceptiva, que no sólo afecta la salud física, sino también la forma en que la persona percibe y regula sus emociones.
¿Qué pueden hacer los padres?
- Establecer límites de tiempo frente a las pantallas.
- Poner el ejemplo: los adultos también deben reducir su tiempo digital.
- Fomentar actividades offline: deporte, lectura, juegos de mesa, arte, música.
- Priorizar la conexión: comidas sin celulares, tiempo de calidad, escucha activa.
- Educar sobre los efectos del contenido digital, no como castigo, sino como herramienta de protección.
El cerebro de tu hijo está en construcción. Cada hora que pasa frente a una pantalla es una huella que se graba en su desarrollo emocional, cognitivo y social.
Aún estamos a tiempo: pongamos límites y abramos puertas a otras formas de vivir, disfrutar y crecer.