Hay dos fenómenos aparentemente distintos que se articulan en torno a una misma preocupación educativa: por un lado, la caída sostenida del rendimiento académico de los estudiantes en Estados Unidos; por otro, la tendencia a flexibilizar la evaluación escolar y a reducir la reprobación en México. Juntos plantean una pregunta: ¿estamos avanzando de grado… sin aprender realmente?
Esta preocupación no es solo mexicana. En Estados Unidos ya se habla de una «recesión del aprendizaje», con evidencias claras de retrocesos en lectura y matemáticas durante los últimos 10 años, según el Educational Opportunity Project de Stanford y el Education Scorecard de Harvard.
Ayer, 16 de mayo de 2026, la revista estadounidense TIME publicó el artículo «Learning Recession: Why Student Test Scores Have Seen a Decade-Long Decline Across the U.S.» («Recesión del aprendizaje: por qué las calificaciones de los estudiantes han mostrado una década de descenso en todo Estados Unidos»).
Esto significa que, en promedio, hoy los estudiantes leen y resuelven problemas con casi medio año escolar de desventaja acumulada.
Lo más preocupante es que esta caída comenzó antes de la pandemia y que la lectura, en particular, registra sus peores niveles desde la década de 1990 en varios grados escolares.
Los expertos que analizan estos datos señalan varios factores: el incremento del uso de redes sociales entre niños y adolescentes, la disminución de la atención sostenida, el aumento del ausentismo y una menor práctica de la lectura profunda fuera del aula. Al mismo tiempo, advierten que en muchos sistemas se ha ido relajando la exigencia académica, diluyendo la responsabilidad de lograr aprendizajes sólidos y medibles.
En México, el debate adopta otra forma, pero apunta al mismo fondo. La reciente decisión de flexibilizar la reprobación -avalada por la Suprema Corte y promovida por la SEP- busca ser más humana e inclusiva, considerando factores emocionales, sociales y familiares.
La intención es válida y necesaria: ningún niño debería ser definido únicamente por un examen o por un porcentaje de asistencia.
Sin embargo, a la luz de los datos internacionales, surge un riesgo evidente: pensar que la situación se resuelve permitiendo el avance administrativo de los alumnos sin garantizar el desarrollo real de sus competencias. El dilema no es solo reprobar o no reprobar.
El riesgo mayor es aprobar sin haber aprendido y acumular lagunas académicas que después resultan casi imposibles de corregir.
Cada vez más docentes, especialmente en bachillerato y universidad, reportan un fenómeno preocupante: alumnos que llegan con serias dificultades en comprensión lectora, escritura, razonamiento matemático, atención sostenida y pensamiento crítico.
Muchos de ellos han aprobado todos sus grados con calificaciones aceptables. Es decir, el sistema los promovió, pero no necesariamente los formó. Esto coincide con advertencias de publicaciones especializadas en educación superior, que señalan que miles de estudiantes ingresan a la universidad sin las competencias mínimas para abordar contenidos de nivel superior.
Un sistema educativo verdaderamente humano no es aquel en el que nadie reprueba por decreto, sino aquel en el que nadie avanza sin aprender. Porque la mayor injusticia no es que un estudiante repita un grado con apoyo y acompañamiento.