En las próximas semanas, en todas las universidades, tendremos las ceremonias de graduación de los nuevos profesionistas. Muchas felicidades a todos ellos y bienvenidos al mundo laboral.
Se enfrentarán a un escenario distinto al que enfrentaron sus padres: más competitivo, más incierto y, a la vez, con una sensibilidad mucho mayor hacia la salud mental y el equilibrio en la vida. Ellos no desean reproducir el modelo del agotamiento que conocieron en casa, pero existe el riesgo de cambiarlo al extremo contrario: abandonar el primer conflicto, al jefe difícil o la tarea aburrida o frustrante.
Hoy sabemos, y distintos estudios lo confirman, que una proporción considerable de jóvenes de esta generación piensa dejar su trabajo en el primer año. Algunos informes indican que entre un tercio y casi la mitad de los trabajadores de la Generación Z piensan en la renuncia inminente, sobre todo como consecuencia de la falta de crecimiento, el mal clima laboral o la falta de encaje con sus valores.
Al mismo tiempo, manifiestan niveles elevados de estrés, ansiedad y preocupación por su salud mental, de modo que cualquier incidencia laboral puede desbordar sus capacidades hasta el punto de considerarla insoportable.
La queja no proviene de la «pereza», sino que han crecido viendo a sus padres llegar a casa agotados por el trabajo, con poco tiempo para la familia o con problemas de salud derivados de la jornada laboral. Escucharon frases como «así es la vida» o «hay que aguantar», y por eso no quieren repetir esa historia.
Sin embargo, ese deseo de equilibrio corre el riesgo de que el péndulo se desplace al extremo opuesto. Cuando «cuidar mi bienestar» se convierte en «salir corriendo ante el primer conflicto, crítica o frustración», el joven se ve privado de la posibilidad de desarrollar la musculatura emocional que solo se forja ante retos reales. Y aquí conviene recordarles una idea clave: no existe el primer trabajo perfecto.
Los primeros empleos casi siempre incluyen tareas aburridas, jefes poco comprensivos, horarios incómodos y responsabilidades que parecen excesivas. Al atravesar estas experiencias, se desarrollan capacidades esenciales: disciplina, tolerancia a la frustración, manejo de la autoridad, organización del tiempo, constancia y habilidad para trabajar en equipo.
Además de escuchar con atención, los padres pueden seguir desarrollando tres competencias en sus hijos recién graduados.
La primera es la tolerancia a la frustración: recordarles que casi ningún primer trabajo remunerado es el trabajo soñado, pero sí una excelente escuela para aprender disciplina, responsabilidad y constancia.
La segunda es la mentalidad de crecimiento: ayudarles a entender que equivocarse o recibir correcciones no es un ataque a su valor personal, sino información para mejorar.
Y la tercera es la perseverancia con propósito: invitarles a fijarse metas de tiempo, por ejemplo, permanecer entre 6 y 12 meses en una misma empresa mientras aprenden habilidades concretas y, después de ese periodo, evaluarse con calma para decidir si es momento de buscar otra oportunidad.