No son los niños: es el mundo

«No son los niños los que han fallado en adaptarse al mundo. Es el mundo el que ha dejado de ser adecuado para que los niños puedan crecer en él», afirma Jean Twenge, psicóloga de la Universidad Estatal de San Diego.

Hoy, lo que fue excepcional se ha vuelto habitual: pantallas desde la cuna, juegos siempre digitales, ausencia emocional de los padres y, como consecuencia, las conversaciones se reducen a los audífonos, mientras muchas escuelas han olvidado lo esencial del aprendizaje.

El resultado es una generación más ansiosa, apática, impulsiva y menos tolerante a ver frustrados sus deseos. No estamos hablando de niños «malos» ni de familias «fracasadas», sino de cerebros en desarrollo que están sujetos a un ecosistema que pone en riesgo la atención, el sueño, el autocontrol y el sentido de la vida.

Nuestros hijos están expuestos a un entorno disfuncional. La pandemia, además, potenció la hiperconexión: menos tiempo de juego libre en la calle, menos interacción cara a cara, menos silencio y sueño, así como más uso de redes sociales, mayor consumo pasivo de contenidos y más comparación social.

A esto se suma el «déficit de naturaleza» (poco sol, movimiento, exploración), que trunca la autorregulación; la crisis de la autoridad, con adultos que temen poner límites o que los han delegado en las pantallas, dejan a los niños solos ante las dificultades, pues son incapaces de construir el andamiaje emocional que necesitan.

Sin hábitos ni límites, el hogar y la escuela conducirán en la misma dirección disfuncional: más ansiedad, peor sueño, rendimiento más frágil, amistades empobrecidas y explosiones emocionales.

A finales de mes se publicará mi último libro, titulado Disfuncionales: La nueva normalidad, que intenta abrir los ojos a los padres frente a una realidad que se ha vuelto habitual: nuestros hijos crecen en un mundo que potencia la ansiedad, la apatía, la escasa tolerancia a la frustración y la desconexión emocional.

El libro explica, a partir de la neurociencia y la psicología, cómo el entorno digital-familiar-escolar está provocando disfunciones que afectan severamente su desarrollo. El objetivo es claro: sensibilizar y movilizar a los padres para que recuperen lo básico, como el juego libre, la lectura y los límites claros.

Nuestros hijos no necesitan un mundo sin problemas: necesitan adultos que les enseñen a vivir, a concentrarse, a persistir y a encontrar sentido. Ahí comienza la verdadera prevención, una decisión diaria que, paso a paso, equilibra el cerebro y el corazón de los más pequeños.

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