La alegría de los regalos y las fiestas ha pasado. Muchos padres se preguntan cómo podrán mantener la alegría de sus hijos más tiempo, más allá de las fiestas.
A este respecto, sería bueno recordar que la verdadera felicidad no está en lo que se tiene, sino en lo que se vive y se comparte.
La alegría verdadera de sus hijos no está en los regalos que les han traído Santa Clos o el Niño Dios, sino en los pequeños actos cotidianos que les hacen sentirse valiosos y conectados con los otros: ayudar en casa sin que se lo digan, agradecer lo que se tiene, saludar al pueblo con una sonrisa.
Estos microactos de bondad ayudan a formar la identidad, la empatía y la gratitud, y generan una huella emocional mucho más profunda y perdurable que la de cualquier juguete. Si queremos que sean felices, ayudémosles a descubrir que la felicidad no puede comprarse: se construye día a día haciendo pequeños gestos que iluminan la vida de los demás y la propia.
Tras un largo periodo de años, a los padres se nos ha planteado que ser más felices sólo se alcanza con cambios radicales como más tiempo libre, vacaciones ideales, largas rutinas de meditación en casa o buenos programas de bienestar. Pero la vida cotidiana -trabajo, hijos, responsabilidades, cansancio- nos dificulta aplicar cualquiera de estas propuestas.
Una reciente investigación internacional en el ámbito de la psicología nos ofrece una buena noticia al respecto: pequeños y sencillos actos de alegría producen efectos reales, en la misma línea que las intervenciones mucho más largas y exigentes. No se refiere a nuevas horas de la agenda, sino a acciones breves: caben en la vida familiar.
¿Qué son los «microactos» de alegría? Los investigadores los definen como pequeñas acciones simples (de cinco a diez minutos) que fomentan emociones positivas, conexiones interpersonales y significado.
Algunos ejemplos de microactos son enviar un mensaje sincero de agradecimiento, preguntar a una persona conocida por algo de lo cual se sienta orgulloso, detenerse un momento para mirar al cielo, a una flor o un paisaje, y hacer algo amable para otra persona.
Los niños aprenden más por lo que ven que por lo que oyen. Cuando un padre practica la gratitud, la generosidad o la capacidad de asombro, está enseñando y modelando competencias emocionales muy importantes. No se necesita un extenso discurso.
En un mundo marcado por la tensión, el tiempo, la prisa y la desconexión, estos pequeños gestos son una poderosa manera de educar en las emociones. No sólo hacen más felices a los padres, sino que también producen hogares más cálidos, resilientes y humanos.