Después de 48 años y medio de ejercer la docencia, primero en preparatoria y luego en educación profesional, ha llegado el momento de cerrar un ciclo profundamente significativo de mi vida.
La Universidad de Monterrey (UDEM) ha sido el escenario de una parte esencial de este camino, y hoy me despido no por cansancio ni por fastidio, sino por gratitud, conciencia y esperanza.
Ser maestro nunca fue para mí una ocupación. Fue -y sigue siendo- una vocación. Durante estos casi 50 años tuve el privilegio de pararme frente a grupos de jóvenes, observar sus dudas, acompañar sus búsquedas, celebrar sus logros y, muchas veces, aprender más de ellos de lo que yo mismo podía enseñarles.
Guardo un profundo agradecimiento a la Universidad de Monterrey por la confianza, el respaldo y la oportunidad de crecer como educador y como persona. A los directivos, administradores y compañeros que hicieron posible ejercer mi vocación, pero también -y, sobre todo- a más de 48 generaciones de alumnos que dejaron huella en mi historia.
Cada grupo fue distinto. Cada generación tuvo su propio lenguaje, sus propios retos, sus propias preguntas y sus propios silencios. Todos, sin excepción, me formaron y me ayudaron a crecer.
No niego que este cierre de ciclo viene acompañado de tristeza y nostalgia. Sería deshonesto no reconocerlas ni sentirlas. Dejar el aula, los pasillos, las conversaciones improvisadas y el contacto diario con los estudiantes no es algo menor. Sin embargo, no me voy con la sensación de estar ante el final del camino, sino frente a un cambio de escenario, porque la vocación jamás se jubila.
Seguiré educando por otros caminos: a través de la escritura, la reflexión, la divulgación, las conferencias y el acompañamiento. Porque enseñar no depende de un horario ni de un salón, sino de una convicción profunda: creer que el ser humano puede crecer, aprender y transformarse en cualquier etapa de la vida.
Este cierre de ciclo coincide con la publicación de un libro muy especial para mí: Chango viejo SÍ aprende maromas nuevas… y nunca deja de ser raíz. Un texto que no sólo resume muchos años de experiencia humana, sino que también envía un mensaje urgente: la edad no es el final del aprendizaje, sino una de sus etapas más fértiles.
Vivimos en una cultura que asocia el envejecimiento con apagarse y volverse irrelevante. Mi experiencia -personal, profesional y vital- dice exactamente lo contrario. Los «jovenazos de la tercera edad» tenemos algo invaluable: experiencia, conocimiento, aprendizaje y sentido. La vida no termina con la edad. Termina cuando dejamos de aprender, de aportar y de creer que aún tenemos algo que ofrecer. Mientras haya curiosidad, proyectos y vocación, el crecimiento continúa.
Hoy cierro un ciclo con gratitud, emoción y esperanza. Y abro otro con la misma pasión que me llevó, hace 48 años y medio, a pararme por primera vez frente a un grupo de alumnos, convencido de algo que hoy reafirmo: educar es una de las formas más profundas de amar la vida.
Y poco más me queda por añadir: innumerables gracias, UDEM, por todo lo que entregaste a mi vida. Siempre ocuparás un lugar muy grande en mi corazón.