Durante décadas, los padres eran los únicos protagonistas de la protección extrema de los niños: rescataban a los niños ante cualquier frustración, hacían la tarea, resolvían los conflictos y acusaban a los profesores de cualquier malestar.
Ahora unos nuevos personajes se suman a la función: los abuelos. Las escuelas manifiestan una gran preocupación por el nuevo rol de los abuelos; son ellos quienes van a la escuela contra directivos y maestros para expresar su inconformidad: «¡Están encargando demasiada tarea a los niños!» o «La maestra de deportes le exigió a mi nieto que corriera una vuelta al patio, pero él no quería».
Antaño, los abuelos eran personas sabias, amorosas y serenas que contaban historias, revelaban consejos e imprimían valores desde la distancia que permite la experiencia. Hoy en día, por el contrario, muchos han tomado un rol en la paternidad activa y permisiva inspirado por el deseo de compensar a sus hijos (no a sus padres, como antes) o a sus nietos, o por la culpa de haber trabajado demasiado en su hora.
Según diversas investigaciones, cerca del 60 por ciento de los abuelos son quienes financian la matrícula de sus nietos, sumado a quienes también ayudan con el transporte, ropa, vacaciones, comida y, en general, con una gran influencia en lo que se refiere a la educación emocional de los pequeños.
La sobreprotección, aunque surja de la buena intención, roba autonomía. Cuando los abuelos están constantemente rescatando a sus nietos, anulan el desarrollo de la tolerancia a la frustración; del mismo modo, impiden desarrollar la responsabilidad y la resiliencia.
Un problema escolar muy preocupante es que también empiezan los abuelos a confrontar a los docentes, como repiten la defensa que han adoptado algunos padres. Esto provoca una triangulación de la relación educativa muy mala: los padres no controlan a los hijos, los abuelos se contradicen a sí mismos y los maestros no están capacitados para contrarrestar la afirmación de los abuelos.
Ser abuelo no es ser un segundo padre, sino ser un referente de amor maduro y sabio. La mejor herencia que podemos dar a nuestros nietos no es el dinero, los caramelos o los permisos ilimitados, sino el ejemplo, el tiempo y la coherencia.
Los abuelos del siglo 21 tienen un papel fundamental en la familia moderna, pero también deben recordar que el amor verdadero educa. Educa, no sustituye; afianza, no derrumba. Acompañar no es sobreproteger.
Educar a un niño requiere una comunidad coherente: padres, abuelos y maestros unificados en la misma intención. Si cada uno de ellos se responsabiliza, el niño crecerá con raíces fuertes y alas propias.
Si alguien desea profundizar más sobre este tema, le recomiendo leer nuestro libro Padres obedientes, hijos tiranos: 20 años después, que analiza la evolución de los últimos años de ser padre obediente a convertirse en abuelo obediente, con sus riesgos y oportunidades para ser mejores.