De un modo u otro, las adolescentes y las chicas jóvenes sienten que deben cumplir un rol: ser amables, sonreír, ser tranquilas, agradar y ser ‘perfectas’… Y cuando no pueden aparentar esa máscara, aparece la culpa
La mayoría de los padres –aunque sin mala intención– creen que si su hija es bonita, sociable o “parece estar bien”, ello significa que no hay grandes problemas emocionales. Desde afuera parece todo en orden: sonríe, aparece en las fotos con rostros sonrientes o recibe likes. Pero el engaño puede ser especialmente profundo. La belleza puede pasar de ser un medio de protección emocional a convertirse en una carga dolorosa y silenciosa.
Nuestra sociedad ha construido una creencia extremadamente peligrosa: si una adolescente es bonita, “lo tiene todo”. Se entiende que tiene una buena autoestima, seguridad, felicidad y una vida resuelta. En esa lógica, la tristeza, el vacío, la ansiedad o el dolor no tienen cabida. Por esa razón un gran porcentaje de las chicas jóvenes escucha frases como: “¿Por qué estás triste si eres tan bonita?”, “No tienes motivos para sentirte mal”, “Deberías estar agradecida”. El mensaje implícito es cruel: tu dolor no es válido y, por lo tanto, se esconde y hay silencio.
De un modo u otro, las adolescentes y las chicas jóvenes sienten que deben cumplir un rol: ser amables, sonreír, ser tranquilas, agradar y ser “perfectas”. La sociedad espera que iluminen los espacios, que no muestren caras tristes. Y cuando no pueden aparentar esa máscara, aparece la culpa.
No sólo pelean con lo que sienten, sino también con la obligación de disimularlo. Se genera un gran e intenso conflicto interno: por fuera, todo parece en calma, pero por dentro hay angustia, ansiedad, inseguridad o vacío. Debemos interiorizar que algo fundamental es que la mente no hace distinciones entre rostros bellos y con aspecto normal. La salud mental no discrimina por tal o cual belleza física.
¿Qué podemos hacer? Los padres debemos aprender a mirar más allá de la apariencia, a escuchar sin minimizar y a darle importancia a las actitudes de nuestras hijas. Jamás decirle: “Hijita, no exageres. Cuando tenía tu edad, vivía más presión y nunca me quejé”. Validar las emociones, aunque no “tengan sentido” desde afuera, es una forma poderosa de protección. Es clave reducir la presión por ser perfectas, permitir el error, el descanso y la vulnerabilidad. Preguntar cómo se sienten de verdad –no sólo cómo les fue– y abrir espacios seguros para hablar sin juicio, puede marcar la diferencia. En mi experiencia universitaria, he podido observar a tantas jóvenes que viven el infierno emocional a pesar de su belleza física y su éxito académico.
Podemos concluir que la belleza no protege del dolor; la escucha y el vínculo, sí.