El pasado 28 de octubre me llamó la atención un artículo publicado en la revista Time titulado «Why We All Need Emotion Regulation» («Por qué todos necesitamos la regulación emocional»).
El artículo nos hace un llamado a la importancia de la educación emocional en nuestros hijos, ya que vivimos en un momento en el que parecen sentirse más frustrados, ansiosos o estresados que nunca. Los enojos y las explosiones de los niños no son solo de niños.
También aparecen en jóvenes que gritan, se sienten ofendidos o se paralizan ante la primera dificultad. Lo que estamos observando, en palabras del psicólogo Marc Brackett, director del Yale Center for Emotional Intelligence, es una «epidemia de sobrerreacción»: una sociedad que ya no sabe regular lo que siente.
¿Qué significa regular las emociones? No es suprimirlas ni fingir estar tranquilos o en paz. Implica aprender a detectar, comprender y manejar las emociones de forma inteligente, eligiendo respuestas coherentes con los valores y metas personales. Es un saber que se enseña y se practica desde la infancia.
En el contexto del aula escolar, un alumno que experimenta con facilidad la frustración puede verse incapaz de manejar la baja autoestima y las frustraciones; rendirse rápidamente, abandonarse o culpar al entorno y, en última instancia, a terceros.
En casa, sucede algo similar: se responde con gritos, golpes o indiferencia ante cualquier tipo de adversidad. De este modo, la falta de control emocional puede llegar a transformarse en baja tolerancia a la frustración, dificultades para trabajar en grupo o escaso autocontrol en la adolescencia.
Si un padre o una madre responde con gritos o con una sonrisa sarcástica, enseña a su hijo que así se gestionan los enojos. Si un profesor ignora las emociones de los alumnos, está enseñando que sentir está prohibido.
Por el contrario, los adultos representan calma, nombran las emociones, ofrecen estrategias imprescindibles -parar, respirar, reinterpretar lo que sucede- y enseñan a los niños a no ser esclavos de sus impulsos. Brackett propone cuatro habilidades fundamentales: nombrar la emoción, cambiar el pensamiento, detenerse antes de actuar y elegir la mejor reacción.
La regulación emocional no se aprende en solitario. Se aprende en comunidad, a través de un adulto que escucha, valida y acompaña.
Cuando la familia y la escuela enseñan conjuntamente la regulación emocional, los niños aprenden que sentir no es el problema, sino dejarse llevar por la emoción. Y cuando no lo aprenden, lo pagan a un precio muy alto: relaciones rotas, impulsividad, ansiedad, una existencia delimitada por las reacciones en vez de las decisiones.