Salgan a jugar

¿Sabías que tan sólo el 27 por ciento de los niños hoy juegan al aire libre?

Hace dos generaciones, esa cifra era del 71 por ciento. Un estudio del 2022, titulado «Kids Need to Be Forced to Play Outside» («Es necesario obligar a los niños a jugar al aire libre») afirmó que más del 40 por ciento de los padres de familia obligaban a sus hijos a salir a jugar al aire libre, ya que ellos preferían estar frente a una pantalla.

Lo más alarmante fue constatar que esa evolución se produjo en paralelo a un aumento preocupante del tiempo en los dispositivos, si se considera que los niños pasan más de siete horas diarias frente a una pantalla.

En otro estudio: «Outdoor Time, Screen Time, and Connection to Nature: Troubling Trends Among Rural Youth?» («Tiempo al aire libre, tiempo frente a la pantalla y conexión con la naturaleza: ¿Tendencias preocupantes entre los jóvenes rurales?») se encontró que la razón por la que los niños permanecen más tiempo en casa es el uso de tecnología y no el temor a la inseguridad.

¿Qué significa esto para el cerebro? Un análisis sobre el uso de pantallas, publicado en JAMA Psychiatry en 2023, revisó 87 estudios con más de 159 mil niños y puso de relieve la correlación entre el tiempo de pantallas y múltiples afectaciones neuropsicológicas, entre las que se encuentran los trastornos del sueño y del aprendizaje: aumento de ansiedad, intranquilidad y síntomas depresivos, deterioro en la atención sostenida y menores niveles de concentración, problemas de autocontrol emocional y más explosiones de enojo, y descenso de la creatividad y del pensamiento flexible.

Estos efectos no son únicamente a nivel conductual, sino también neurobiológico. El uso intensivo de pantallas activa los circuitos de gratificación instantánea en el cerebro, especialmente aquellos que funcionan con dopamina, lo cual genera una intolerancia a la frustración y se convierte en un obstáculo para el desarrollo del lóbulo frontal, responsable de la autorregulación y del pensamiento crítico.

Como contrapunto, el juego al aire libre ofrece un remedio natural. Estudios afirman que el contacto con la naturaleza activa áreas cerebrales relacionadas con la tranquilidad, la regulación emocional y la toma de decisiones. ¿Cuáles son sus beneficios?

  • Mejor salud mental: disminuyen los niveles de cortisol (la hormona del estrés) y mejora el estado de ánimo.
  • Mejor rendimiento académico: los niños que pasan más tiempo al aire libre muestran un mejor desempeño.
  • Reducción de la agresividad y mejor gestión de la impulsividad.
  • Desarrollo del lenguaje y la comunicación, gracias al juego social no estructurado.
  • Mejor desarrollo motor, favorecido por el movimiento variado y espontáneo que ofrece el exterior.

Recordemos que un niño que juega al aire libre es un cerebro que se oxigena, que se conecta y fortalece. Regresar a la naturaleza no es algo romántico: es una necesidad neurológica para la salud emocional y cognitiva de nuestros hijos.

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