En octubre de 1949, Aldous Huxley, autor de la novela Un mundo feliz, envió una carta a George Orwell tras leer con atención su novela 1984, en la que le hizo una reflexión amarga y «terrorífica»: ¿cuál de las dos visiones de futuro -la de Orwell o la suya en Un mundo feliz- era más probable?».
Ambos autores imaginaron futuros sombríos, pero con diferencias: Orwell imaginó un mundo donde las personas serían dominadas mediante el temor, la represión y la violencia, con cámaras de vigilancia y penalizaciones brutales. Huxley, en cambio, describió una dominación más «suave», basada en el placer, la distracción y el entretenimiento superficial.
En la carta que envió, Huxley concluyó que su visión del futuro era la más realista: los gobiernos y las élites no necesitarían recurrir a la violencia para controlar a las masas, sino lograr que las personas «amen su adicción y esclavitud».
Huxley expresó que esto podría lograrse mediante la manipulación, el condicionamiento desde la infancia e incluso el uso de medicamentos que alteraran la mente. El autor pronosticó que, en lugar de violencia y opresión, las sociedades del futuro emplearían el placer, la comodidad y la distracción para mantener a las personas obedientes y nada críticas.
Estas letras fueron escritas hace más de 75 años, pero resuenan hoy, porque vivimos en una época en la que estamos rodeados de pantallas, videojuegos y redes sociales, así como inmersos en un entretenimiento sin descanso.
Lo que impacta de esta carta de Huxley es su advertencia y, tal como él sugiere, el peligro no sólo es la opresión, sino la apatía que se instala cuando nos mantenemos entretenidos y saturados de estímulos.
Necesitamos formar a nuestros hijos en la capacidad de detenerse, de pensar, leer y cuestionar, así como enseñarles a hacer un uso crítico de las pantallas, a resistir el placer inmediato que nos proporcionan y a desarrollar una valoración reflexiva.
Los padres debemos preguntarnos qué modelo familiar estamos siguiendo: si el de las conversaciones de fondo o el de las pantallas que hablan por nosotros; si educamos a nuestros hijos para elegir el esfuerzo y la reflexión o si los acostumbramos a lo fácil y superficial.
Nuestra misión es evitar la ignorancia en nuestros hijos, que no desperdicien su vida en risas vacías y distracción. Y eso comienza por enseñarles, como Huxley supo ver, a ejercitar su mente y ejercer su libertad.
Porque, algún día, un mundo feliz podría estar lleno de vacíos interiores y sin libertad para tomar las mejores decisiones.