El mes pasado me impactó una noticia de cómo el mundo digital puede cambiar nuestras vidas en forma trágica. Michelle Carter, de 20 años de edad, fue encontrada culpable de homicidio involuntario después que su ex novio, Conrad Roy, se suicidó asfixiándose con monóxido de carbono con su camioneta en Massachussttes, en los Estados Unidos. Enfrenta una sentencia de 20 años de prisión por enviar más de una docena de mensajes de texto invitándolo a cometerlo:

Conrad: “No me gustaría lastimar a mi familia con mi decisión”. “¿Te pido un favor?”

Michelle: “Por supuesto”.

Conrad: “Quiero que veas a mi familia :)”.

Michelle: “Cuenta con ello. Los ayudaré. Les diré el hijo maravilloso que fuiste”.

Conrad: “No quisiera hacerlo por mi familia”.

Michelle: “Pienso que lo debes hacer. No puedes vivir de esta forma. Quienes quieren suicidarse no lo piensan, solamente lo hacen”.

Michelle Carter fue encontrada culpable porque en sus mensajes electrónicos no hizo nada para detenerlo. No habló a la policía o la familia Roy para advertirles lo que su hijo planeaba.

El mundo digital ofrece una ventana muy peligrosa de depresión y suicidio hacia nuestros adolescentes a través de mensajes y textos por WhatsApp o Facebook. Podemos observar ejemplos como:

• Cyberbullying es una de las causas más importantes de suicidio entre los adolescentes
• Envidia en el Facebook origina la depresión cuando se dan cuenta que por qué los demás sí y ellos no
• Envío de imágenes o textos con contenido sexual (sexting) produce venganza y destrucción de la persona

Las palabras, enviadas en forma digital, tienen mayor impacto que la comunicación cara-cara y su daño puede ser permanente. Y esta noticia es una prueba real de lo que pasa entre nuestros hijos. Es una generación que no controla sus impulsos, no piensa en las consecuencias.

En otras palabras, han aprendido que la verdadera vida son las experiencias emocionales y no las conductas lógicas. Les hemos enseñado que solamente lo importante es el sentir y vivir los deseos sin importar los efectos: “Si quiero tomar, tomo. Si quiero ver pornografía, la veo. Si no quiero estudiar, no estudio. Si quiero fumar, fumo”. La generación de hoy vive lo inmediato y el querer.

Debemos tomar las riendas de nuestra autoridad y hacer ver a nuestros hijos que también hay un deber:
– El hijo le dice a la mamá: “No quiero ir a la escuela, tengo sueño”.
– La respuesta de la mamá: “No te preocupes le hablo a la maestra y le digo que estás enfermo” o “Hijito, lamento que estés cansado pero tu obligación es ir a la escuela. Vas”.

Los niños deben aprender que hay un deber que es superior a un capricho o deseo.