En los últimos años me he dado cuenta de que hay una creciente inquietud entre universidades y empresas: reciben a jóvenes que, a pesar de ser talentosos y tener potencial, no responden a las expectativas de las instituciones.
Se ha producido una especie de «Torre de Babel» entre las generaciones, en la que la comunicación y la comprensión parecen no funcionar bien, lo que genera tensiones, malentendidos y frustración en ambas partes.
Profesores y empresarios han repetido una idea cada vez más extendida: la afirmación de que los jóvenes han dejado de tener «la cultura del esfuerzo». Sin embargo, más que una cuestión de disciplina o de habilidad, la evidencia parece indicar que estamos ante un choque de generaciones y de valores, como ha demostrado la psicóloga y profesora de la NYU Stern, Suzy Welch, a partir de un estudio reciente que ha encendido el debate internacional.
El dato clave es contundente: solo el 2 por ciento de los jóvenes de la Generación Z (nacidos entre 2000 y 2015) comparte los valores laborales convencionales que buscan las empresas tradicionales, como el trabajo duro, la perseverancia, el compromiso y la ambición.
La máxima actual de los jóvenes es la eudaimonía, que representa el bienestar personal, la vida con sentido, la autenticidad, el equilibrio emocional y el vivir de acuerdo con quienes son. Para ellos, trabajar no equivale a producir, sino a sentirse plenos, libres y congruentes.
Los valores que dominan entre los jóvenes son la voz y la autenticidad, el bienestar mental y el equilibrio entre la vida y el trabajo, la creatividad y la innovación, el impacto social y el crecimiento personal.
La psicóloga Jean Twenge, investigadora de la temática generacional, complementa esta visión con una idea clave: «No son los chicos quienes no se han adaptado al mundo, sino que ha sido el mundo el que ha dejado de ser un lugar óptimo para que los chicos crezcan».
Twenge sostiene que esta generación está definida por entornos digitales permanentes, sobreestimulación y recompensas rápidas, mayor ansiedad y presión social, menos experiencias reales para vivir la autonomía y la sensación de frustración, y padres más protectores.
Su conclusión es contundente: no podemos culpar únicamente a los jóvenes. La cultura actual ha socavado las experiencias naturales necesarias para desarrollar destrezas como la paciencia, la atención, el esfuerzo sostenido y la tolerancia a la frustración.
Nos toca a los adultos no criticar ni endirnos, sino acompañar y formar. No se trata de un enfrentamiento entre el pasado y el futuro, sino de una oportunidad para unir propósito y esfuerzo, bienestar y disciplina, sentido y productividad.