En los últimos años ha surgido un fenómeno que causa una gran preocupación entre los padres: el incremento de conductas sexuales inapropiadas, incluso violentas, entre los adolescentes.
Ya no se limita al acoso entre pares o bromas pesadas, sino que se manifiesta en formas más graves como el acoso sexual y la violencia simbólica o física, lo que impacta considerablemente la salud emocional y el bienestar de muchos de ellos.
¿Qué ocurre? Estudios recientes evidencian un incremento alarmante en las formas de violencia sexual ejercidas entre menores. Un reporte HuffPost en España del 2024 revela que casi el 10 por ciento de los adolescentes ha protagonizado o presenciado episodios de violencia sexual, tocamiento corporal no deseado y divulgación de imágenes sin consentimiento.
La web española Cadena Ser afirma que el 20 por ciento de niños menores de 10 años consume pornografía y que gran número de adolescentes empieza a consumir pornografía a edades muy tempranas, incluso entre los 8 y 9 años. Gran parte de esos contenidos se basa en relaciones de dominación, humillación o prácticas carentes de permiso claro.
En nuestro libro PorNO. La droga más adictiva, temprana y destructiva de nuestros hijos, publicado en el 2021, se documenta que el consumo de pornografía puede iniciar desde los 9 o 10 años por la facilidad de tener un celular o tableta entre sus manos y sin ninguna restricción o filtro.
Muchos padres de familia están confiados en que sus hijos pequeños no ven pornografía porque todavía no están en edad de interesarse, sin embargo, nuestras investigaciones afirman que más del 70 por ciento de los niños y adolescentes que ven pornografía no la solicitaron, sino que les llegó involuntariamente a sus redes sociales. Mucho ojo, papás.
¿Qué podemos hacer los padres? Debemos asumir un gran protagonismo en lo que se refiere a la prevención y el acompañamiento. Aquí van algunos consejos:
- Abrir vías de comunicación: Habla con tus hijos sobre el respeto, el consentimiento y los límites personales. No temas hablar de sexualidad: hazlo de forma clara, gradual y basada en valores.
- Supervisar el uso de la tecnología: Conocer qué aplicaciones, contenidos y redes sociales usan no implica invadir su privacidad: significa proteger su salud emocional.
- Educar en empatía y respeto: Enseñarles a saber lo que es intercambiar el lugar del otro. Las bromas sobre el sexo, el acoso y la presión no son «normales» de la adolescencia.
- Buscar ayuda profesional. El aislamiento, la agresividad, la hipersexualización y la ansiedad son riesgos permanentes.
Esta generación crece rodeada de estímulos, pero a menudo carece de las herramientas afectivas y cognitivas para gestionarlos. El desafío de los padres no es sólo supervisar, sino educar, escuchar y acompañar con amor e información.
Sólo así ayudaremos a nuestros hijos e hijas a construir relaciones sanas, seguras y respetuosas.