¿Se acabó la confianza?

Hace aproximadamente 50 años, cuando era estudiante universitario, experimenté algo que aún conservo en mi memoria.

Por razones personales, no pude presentar el examen final de una materia. Pasados unos días, mi profesora de psicología me invitó a realizarlo. La maestra me entregó la prueba y se fue a su oficina, dejándome solo en el aula. Cuando finalicé y entregué la prueba, le pregunté:

«Maestra, ¿por qué me deja solo? Pude haber copiado».

Nunca olvidaré su respuesta:

«Jesús, el único engañado serías tú, no yo. Además, confío en tu honestidad».

Aquellas palabras calaron hondo en mí. Mi profesora creía que la educación no era solo saber, sino también formar el carácter. Era un examen académico, pero también una prueba de integridad.

Hoy me pregunto cuántos profesores se sentirían tranquilos al dejar a una persona sola frente a un examen. Más aún: cuántos estudiantes no cederían a la tentación de sacar su teléfono móvil, buscar la respuesta en internet o pedir ayuda, incluso a una herramienta de inteligencia artificial.

El pasado 26 de mayo, la facultad de la Universidad de Princeton, en Estados Unidos, aprobó el regreso de los exámenes supervisados para modificar una tradición de 133 años. Desde 1893, Princeton mantenía un Sistema de Honor, donde muchos exámenes no eran supervisados directamente. Era suficiente con una promesa: la de no copiar y la de reportar cualquier acto de deshonestidad académica.

El verdadero riesgo no es solo el fraude académico. Lo que más me preocupa es que muchos estudiantes dejen de desarrollar habilidades fundamentales como el pensamiento crítico, la solución de problemas, la atención sostenida, la perseverancia, la tolerancia a la frustración, la autogestión y la toma de decisiones.

Pero hay una segunda alarma. En la Universidad de Harvard se ha constatado un fenómeno denominado «inflación de calificaciones». En 2005, alrededor del 24 por ciento de las notas emitidas eran de «A» (de 95 a 100), porcentaje que alcanzó el 60 por ciento en 2025. Ante este escenario, se aprobaron medidas que limitan las calificaciones excelentes y restauran el valor de las evaluaciones.

¿Estamos enseñándoles a nuestros hijos que hay que esforzarse para alcanzar la excelencia, o estamos transmitiendo el mensaje de que todos reciben la misma nota, una nota excelente, independientemente del esfuerzo realizado?

Por eso, educadores y padres debemos tener presente un hecho: la misión de la educación nunca ha sido producir tareas perfectas, sino formar personas capaces.

La buena noticia es que las universidades más prestigiosas del mundo están intentando salvaguardar el valor del esfuerzo intelectual humano en una época en la que las máquinas generan respuestas con inusitada rapidez.

Porque, al final, debemos recordar que los exámenes más importantes de la vida no tienen examinadores. Tienen solamente conciencia, carácter, integridad y autocontrol.

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