El pasado 30 de abril, la revista EdWeek publicó un artículo titulado «Teachers Blame Parents for Young Learners’ Deficits» («Los maestros culpan a los padres por las deficiencias de sus hijos pequeños»), en el que se enfatizan las consecuencias negativas de la ausencia en la crianza.
En muchas aulas de educación inicial se percibe una creciente sensación de que los niños llegan menos preparados que antes. Los maestros reportan dificultades en habilidades básicas como vestirse solos, seguir instrucciones, regular las emociones o resolver pequeños problemas cotidianos.
Con frecuencia, la explicación apunta a casa: «los padres hacen todo por ellos», «no fomentan la independencia» o «son demasiado permisivos».
Aunque estas observaciones contienen algo de verdad, también simplifican un fenómeno mucho más complejo. Lo que ocurre no puede entenderse únicamente desde el comportamiento parental individual, sino desde un contexto social, económico y emocional que ha cambiado profundamente.
Hoy, la mayoría de las familias vive bajo una presión constante por el tiempo. En muchos hogares, ambos padres trabajan jornadas completas, lo que reduce significativamente las horas de convivencia. Estudios recientes sugieren que, cuando ambos padres trabajan, el tiempo de interacción diaria con los hijos disminuye aproximadamente un 20 por ciento.
Esto afecta no solo la cantidad, sino también la calidad: las rutinas se vuelven aceleradas y funcionales, centradas más en «resolver» que en «enseñar».
En este contexto, hacer las cosas por los niños no siempre refleja permisividad, sino necesidad. Vestirlos rápido, evitar conflictos o acelerar la rutina puede ser la única forma de cumplir con las exigencias del día.
Por la noche ocurre algo similar: el cansancio limita las oportunidades de aprendizaje cotidiano. Desde la neurociencia, esto es claro: la autorregulación se construye a partir de experiencias repetidas, consistentes y emocionalmente seguras. Cuando los adultos están sobreocupados, estas experiencias se debilitan.
Entonces, ¿es justo culpar a los padres? No del todo. Pero tampoco es útil ignorar que los niños necesitan desarrollar autonomía desde edades tempranas. Aquí es donde la escuela debe asumir un rol más claro, pero también más preciso: no sustituir a la familia, sino compensar.
El entrenamiento neuroconductual en la escuela no debe entenderse como un reemplazo de la crianza, sino como un sistema de apoyo estructurado que ayude a desarrollar aquellas habilidades que, debido al contexto, no se están consolidando en casa.
Esto implica diseñar experiencias intencionales en las que los niños practiquen funciones ejecutivas, la tolerancia a la frustración, la espera, la persistencia, el manejo del aburrimiento y el seguimiento de instrucciones.
Compensar no significa sobreproteger ni hacer por el niño lo que no puede hacer, sino crear condiciones en las que pueda aprender a hacerlo. Por ejemplo, en lugar de intervenir de inmediato ante la frustración del niño, el docente puede acompañarlo a tolerar el malestar y buscar alternativas.
En lugar de eliminar la espera, puede crear espacios en los que el niño practique esperar turnos de manera estructurada. En lugar de evitar tareas difíciles o aburridas, puede guiarlo a persistir hasta completarlas. Y, en lugar de satisfacer de inmediato sus demandas, puede entrenar el retraso de la gratificación como parte del proceso de aprendizaje.
El verdadero desafío es cambiar el enfoque: pasar de la culpa a la corresponsabilidad. Criar y educar nunca han sido tareas individuales. Es un proceso colectivo que hoy, más que nunca, requiere coordinación. Cuando la casa no alcanza, la escuela puede compensar. Y cuando ambas se desentienden, el niño queda sin entrenamiento.
Más que buscar culpables, necesitamos construir sistemas de apoyo intencionales. Porque detrás de cada niño que «no está listo», hay un entorno que necesita reorganizarse para enseñarle cómo estarlo.