La semana pasada, una madre me contó una situación que cada vez escucho con más frecuencia en las conferencias para padres.
Intentaba mantener bajo control el tiempo que sus hijos pasaban frente a las pantallas porque había notado un cambio muy evidente: después de pocos minutos con la tableta o el videojuego, durante el resto del día se comportaban como un «diminuto monstruo».
Estaban irritables, explosivos, desafiantes y les costaba concentrarse, obedecer o participar incluso en las tareas de la casa. Entonces me hizo una pregunta: «¿Por qué pasa esto?».
Una respuesta sencilla sería resolverlo con un «es un maleducado» o con un «todo se arregla con disciplina». Pero la neurociencia nos invita a mirar un poco más allá de la conducta.
Hemos hablado sobre la dopamina, el neurotransmisor del placer y la recompensa. Las pantallas aportan estímulos tan veloces, excitantes y gratificantes que provocan liberaciones de dopamina casi de forma continua. Esto explica por qué resulta tan difícil abandonar un videojuego, una red social o un video.
El problema no solo tiene que ver con la dopamina; también hay que considerar otro neurotransmisor importante: la serotonina. Este participa en la regulación del estado de ánimo, la paciencia y la autorregulación.
Cuando este sistema funciona bien, los niños toleran mejor los límites y resuelven los conflictos con mayor serenidad. Cuando su actividad disminuye, puede aparecer el fenómeno opuesto: mayor irritabilidad y una menor capacidad para manejar la frustración. En esas condiciones, la más mínima adversidad puede desencadenar una explosión emocional.
¿Por qué reaccionan con tanta intensidad cuando se les quita el dispositivo? Cuando un padre decide retirarlo, no solo pone fin a un momento de entretenimiento. Interrumpir esa actividad puede generar un impacto en el cerebro del niño, que deja de recibir la estimulación dopaminérgica a la que estaba acostumbrado y dispone de menos recursos para modular la frustración y regular sus emociones.
Esto ayuda a explicar por qué muchos niños lloran, se rebelan e incluso adoptan conductas agresivas. Lo importante es entender que, en ese momento, su cerebro dispone de menos recursos para regular las emociones que ya está experimentando.
Así que la próxima vez que su hijo reaccione de manera explosiva cuando se apague una pantalla, recuerde que el problema no se reduce únicamente a la dopamina: también intervienen otros mecanismos relacionados con la regulación emocional.
La solución no pasa únicamente por reducir el tiempo frente a las pantallas, sino por recuperar experiencias que favorecen el equilibrio cerebral.
La actividad física, el contacto con la naturaleza, las conversaciones con la familia y los amigos, así como un sueño reparador, fortalecen los circuitos cerebrales responsables del autocontrol y contribuyen a una mejor regulación emocional.