En los últimos años nos hemos acostumbrado a implementar una crianza suave conocida como «crianza positiva» o «crianza respetuosa», que se centra en validar los sentimientos de los niños y entender las motivaciones de sus comportamientos difíciles.
Este enfoque, originado por especialistas como la Dra. Becky Kennedy y Janet Lansbury, anima a los padres a ser menos autoritarios y más empáticos, en contraste con modelos más estrictos y centrados en la disciplina y obediencia del pasado.
Aunque la teoría es atractiva, en la práctica muchos padres encuentran agotador este estilo. En un estudio publicado en julio pasado titulado «Trying to remain calm…but I do reach my limit sometimes: An exploration of the meaning of gentle parenting» («Tratando de permanecer calmado… pero a veces llego al límite: Una exploración del significado de la educación gentil»), publicado en PLOS ONE, Anne E. Pezalla y Alice J. Davidson investigaron las experiencias de padres que se identifican con la «crianza suave» o «gentle parenting».
Encontraron que más de un tercio de estos padres reportaron agotamiento y dudas sobre su eficacia parental. Parte del problema radica en la confusión entre «crianza suave» y una sobreprotección y permisividad absoluta. Este malentendido crea expectativas poco realistas para los padres, quienes sienten que deben responder de manera impecable ante situaciones desafiantes, como berrinches públicos.
La presión por cumplir con estos estándares inalcanzables lleva a una sensación de fracaso. En vez de ofrecer alivio, este enfoque puede sobrecargar emocionalmente a los padres, haciéndolos cuestionar si la «crianza suave» es, en realidad, demasiado dura para ellos.
Muchos padres priorizan la atención y seguridad de los niños, incluso a costa de su independencia y desarrollo. Este concepto incluye prácticas como supervisión constante, juegos excesivamente seguros y el fenómeno de la «crianza de helicóptero» o sobreprotección, que limita la capacidad de los niños para experimentar riesgos y aprender de ellos.
Si bien garantizar la seguridad de los niños es crucial, esta sobreprotección puede ser contraproducente. Organismos como la Sociedad Canadiense de Pediatría han subrayado la importancia del «juego arriesgado» y con menor supervisión para el desarrollo físico y mental de los niños. Argumentan que experiencias como escalar, explorar y correr ciertos riesgos son esenciales para desarrollar resiliencia, confianza y habilidades para la vida.
Un grupo de antropólogos del Dartmouth College planteó que patios de juego diseñados para ser extremadamente seguros pueden estar perjudicando a los niños al limitar oportunidades para enfrentar desafíos y desarrollar habilidades motoras y sociales.
Sabemos que crianzas suaves y sobreprotectoras nacen de buenas intenciones, pero, mal entendidas, la primera puede generar agotamiento en los padres, mientras que la sobreprotección puede privar a los niños de autonomía y experiencias.
La clave podría estar en adoptar un enfoque equilibrado que permita a los niños explorar el mundo y desarrollar independencia, al tiempo que se asegura su bienestar emocional y físico. Es necesario apoyar a los padres en la gestión de estas demandas para evitar el desgaste emocional y fomentar una crianza más sostenible.