Padres buenos que dañan

El pasado 25 de noviembre, The New York Times publicó un artículo titulado «School daze. The numbers are staggering» («Escuelas en shock. Los datos son asombrosos»), que presenta cifras inquietantes para cualquiera que tenga un hijo o una hija.

Los resultados son: 1 de cada 4 adolescentes varones de 17 años ha sido diagnosticado con TDAH; 1 de cada 31 niños está en el espectro autista; 3 de cada 10 adolescentes presentan ansiedad severa -una cifra en aumento alarmante-, y más del 10 por ciento ha atravesado un episodio depresivo mayor.

Estamos ante una generación que crece bajo una presión acumulada sin precedentes: una infancia convertida, como señala el artículo, en un territorio medido, evaluado, monitorizado y etiquetado. Una infancia donde se reduce el juego, se sacrifica el sueño y se multiplica el estrés escolar.

Pero hay una pregunta incómoda que casi nadie quiere enfrentar: ¿cuántos de esos problemas emocionales, de comportamiento o de autorregulación son, en realidad, producidos o potenciados por los estilos de crianza actuales?

La respuesta, aunque incómoda, es clara: entre el 35 y el 50 por ciento de las dificultades emocionales, conductuales y de regulación en niños y adolescentes encuentran su origen -o se ven amplificadas- por estilos de crianza disfuncionales, especialmente tres que hoy dominan la escena y tienen más fuerza que nunca.

El sistema escolar no hace sino agravar el cuadro. El NYT describe cómo la escuela moderna presiona, etiqueta y exige niveles de desempeño que muchos niños no pueden alcanzar sin pagar un costo emocional. La jornada de un niño promedio está saturada de tareas, horarios, evaluaciones, actividades y responsabilidades que abrumarían a muchos adultos. El juego libre ha disminuido, la exploración casi ha desaparecido y el descanso se sacrifica.

Pero, como bien advierte el artículo: «La única variable que los adultos parecen no querer mirar es el mundo que ellos mismos han construido en torno a ese niño». Y ese mundo es la familia.

Hoy, la nueva normalidad parece querer convencerme de que la ansiedad, la distracción, la depresión, los tics, el insomnio, la adicción al móvil y las explosiones emocionales son simplemente disfunciones individuales.

En mi libro Disfuncionales. La nueva normalidad profundizo en el enorme aumento de niños, adolescentes y jóvenes que presentan algún tipo de trastorno emocional, ejecutivo, social, académico, cognitivo, físico, neurológico, digital o incluso existencial. Todo ello hace que la escuela sea más compleja y difícil que nunca.

Papás y mamás: no tomen esto como un mensaje de culpa. Es un llamado urgente.

La buena noticia es que la gran mayoría de estos trastornos es prevenible. Con límites amorosos, presencia real, expectativas claras, menos pantallas y más conexión humana, muchos niños pueden recuperar la esencia que han perdido.

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