No todo son las pantallas

Cuando nos referimos a la crisis de salud mental infantil y juvenil, la mayoría de las personas responde que se debe a los celulares, las redes sociales o los videojuegos. Las tecnologías, sin duda, han modificado la forma en que los jóvenes viven, aprenden y se relacionan, pero reducir un problema de tal complejidad a las pantallas es sumamente simplista.

Las investigaciones más recientes muestran que el aumento de la ansiedad, la depresión, la autolesión o el suicidio no es un fenómeno exclusivo de Estados Unidos. En Europa y Asia se observan incrementos similares, especialmente entre adolescentes y, aún más, entre mujeres jóvenes.

Esto nos obliga a mirar más allá de la tecnología y a preguntarnos qué otros factores contribuyen a que nuestros hijos tengan una capacidad cada vez más frágil para hacer frente a la vida.

Desde mi perspectiva como docente y experto en neurociencia aplicada a la educación, uno de los aspectos más significativos es la manifestación de una «cultura hiperresolutiva». Nos encontramos en una sociedad en la que los adultos les resolvemos muchos problemas a los niños.

El cerebro no se fortalece con la comodidad permanente. Solo se fortifica cuando enfrenta retos de dificultad creciente. Llegar a la adolescencia con pocas oportunidades para afrontar esos retos constituye un factor de mayor vulnerabilidad emocional.

Por ello, vemos un número creciente de adolescentes que se derrumban ante experiencias cotidianas que forman parte natural del crecimiento, como equivocarse, recibir una crítica, enfrentar un rechazo o no obtener de inmediato lo que desean.

La tecnología es una palanca que agrava la problemática. Las redes sociales fomentan que los jóvenes se comparen entre sí a través de los números, busquen validación mediante los «me gusta» y teman ser excluidos. La IA, al mismo tiempo, ofrece respuestas rápidas, lo que reduce las oportunidades de pensar, analizar y resolver situaciones de forma autónoma.

Esta realidad me llevó a escribir mi último libro: Entrenamiento Neuroconductual: Cómo proteger y entrenar a niños y adolescentes en un mundo tóxico. En él propongo que, así como entrenamos el cuerpo a través del ejercicio, también debemos entrenar la conducta y el cerebro mediante experiencias que fortalezcan las funciones ejecutivas y la resiliencia emocional.

Esto implica dejar que nuestros hijos resuelvan parte de sus problemas, darles tareas de responsabilidad real, enseñarles a esperar, ayudarles a tolerar el error y acompañarlos sin resolverles la vida.

En un mundo donde los algoritmos responden preguntas, la IA realiza tareas complejas y muchos padres intervienen para resolver las dificultades de sus hijos, corremos el riesgo de formar una generación experta en obtener respuestas, pero poco entrenada para enfrentar desafíos.

Por ello, una de las tareas más importantes consiste en formar jóvenes capaces de pensar por sí mismos, manejar sus emociones, asumir responsabilidades y perseverar cuando las cosas no salen como esperan.

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