Muchos padres de familia viven una disyuntiva constante con sus hijos: por un lado, saben que las redes sociales son «una parte muy importante de la vida»; por otro, son conscientes de sus consecuencias negativas, entre ellas ansiedad, impulsividad, búsqueda permanente de aprobación social, déficit de sueño, problemas de atención, abandono de actividades cotidianas y una relación obsesiva con la pantalla.
Durante años, la discusión quedó atrapada en una sola idea: que dos fenómenos ocurran al mismo tiempo no significa que uno cause al otro. En otras palabras, que los adolescentes que pasan más tiempo en redes sociales presenten peor salud emocional no probaba, por sí solo, que estas plataformas fueran la causa del problema.
El artículo «Mountains of Evidence» (Jon Haidt y Zach Rausch, 14 de enero de 2026) propone una forma más clara y útil de abordar el tema: se han mezclado dos preguntas distintas, y solo una de ellas exige una respuesta urgente. Dos cuestiones, una decisión impostergable.
La primera es de carácter histórico: si la expansión de los smartphones y las redes sociales durante la década de 2010 se relaciona con el aumento de la depresión, la ansiedad y las autolesiones en distintos países. Este punto sigue siendo objeto de debate académico. La segunda, en cambio, es la que hoy preocupa a padres y escuelas: ¿existen redes sociales seguras para niños y adolescentes cuando se usan de manera «normal», es decir, durante varias horas al día? Padres y legisladores no pueden esperar décadas a que se cierre la discusión histórica para actuar.
La conclusión del artículo es tajante: no, las redes sociales no son seguras para los menores de edad. La evidencia es amplia, diversa y consistente, y proviene tanto de investigaciones académicas como de documentos internos de las propias plataformas. No se trata de hipótesis abstractas, sino de daños directos derivados de experiencias masivas.
En estos casos, la correlación deja de ser una abstracción estadística y se manifiesta en la experiencia colectiva: ciberacoso, sextorsión, humillación social amplificada, exposición a contenidos suicidas, autolesiones, trastornos alimentarios y contacto con adultos desconocidos.
Resulta especialmente impactante que parte de la evidencia más sólida esté vinculada a Meta, la empresa matriz de Facebook e Instagram. Haidt y Rausch describen un repositorio de 31 estudios internos realizados entre 2018 y 2024, conocidos por filtraciones y disputas legales.
Entre ellos destaca el Project Mercury (2019), que pidió a los usuarios desactivar Facebook e Instagram durante un periodo determinado. En las pruebas piloto se observaron reducciones en depresión, ansiedad, soledad y comparación social.
El mensaje final de «Mountains of Evidence» es incómodo, muy incómodo, pero necesario. Ya existe suficiente evidencia para actuar con prudencia. Proteger a los hijos no es exagerar; es reconocer que las redes sociales, hoy, funcionan menos como un «juguete» y más como un entorno adverso para un cerebro y una salud emocional en pleno desarrollo.