Hace poco más de cinco décadas, el psicólogo Walter Mischel, de Stanford, llevó a cabo uno de los experimentos considerados entre los más influyentes de la historia de la psicología del desarrollo. El Marshmallow Test (la prueba del malvavisco), a principios de 1970, consistía en ofrecer a un niño un malvavisco que podía comer de inmediato o esperar unos quince minutos para recibir dos.
En los estudios de seguimiento de los niños que participaron en el experimento elaborados por Mischel y sus colaboradores comprobaron que los niños presentaban mejor rendimiento académico, mayor capacidad para afrontar la frustración y establecer relaciones interpersonales, así como menor probabilidad de desarrollar obesidad y menor tendencia hacia conductas impulsivas o adictivas.
Durante muchos años se consideró que el experimento demostraba que la capacidad de esperar era, por sí sola, un buen predictor del éxito futuro. Una investigación publicada en 2024 constató que el tiempo de espera de los niños ante el malvavisco no predice de forma confiable el funcionamiento en la adultez si se tienen en cuenta variables como el ambiente familiar, el nivel socioeconómico, la estabilidad del hogar y la exposición a oportunidades educativas.
Lejos de contradecir el experimento, esta investigación fue capaz de esclarecer algo incluso más valioso: el verdadero protagonista de los experimentos nunca fue el malvavisco, es decir, la gratificación diferida, sino el desarrollo de la autorregulación.
En mi libro más reciente, Entrenamiento neuroconductual, argumento que las habilidades de autorregulación pueden fortalecerse mediante situaciones del día a día en las que haya que esperar, planificar, resolver problemas, controlar los impulsos o tolerar pequeñas frustraciones. Afirmo que el autocontrol no es un rasgo fijo, como un don con el que uno nace y otros no, sino una competencia que se desarrolla mediante un entrenamiento continuo.
Este conocimiento tiene una enorme relevancia hoy en día. Nunca los niños se habían visto tan expuestos a una cultura de la gratificación inmediata. Las redes sociales devuelven gratificaciones a microsegundos; los videojuegos devuelven gratificaciones constantes; las plataformas digitales eliminan casi por completo cualquier espera, y muchos progenitores, con sus nobles intenciones, resuelven de inmediato cualquier dificultad con la que topen sus vástagos. El resultado es que cada vez menos niños desarrollan paciencia, esfuerzo y perseverancia.
Puedo afirmar que educar en pequeños momentos de autocontrol hoy puede crear un cerebro más sano y una vida más feliz mañana. La evidencia científica actual no solo refuerza esta aseveración, sino que también aporta una buena noticia: el autocontrol puede enseñarse, practicarse y desarrollarse a lo largo de toda la infancia, y constituye uno de los mayores regalos que los padres y educadores pueden ofrecer a las nuevas generaciones.