Lección que no debemos olvidar

La controversia en torno al supuesto uso de inteligencia artificial y de herramientas tecnológicas en el examen de ingreso a la UNAM no debe considerarse sólo un problema de seguridad o de vigilancia informática. Obliga a cuestionarnos la manera en que estamos integrando la tecnología en la educación.

La IA ha irrumpido en las escuelas. Son innegables sus bondades: puede explicar conceptos, ofrecer retroalimentación, generar ejemplos, personalizar el aprendizaje, incentivar la creatividad, entre otras funciones.

El problema surge cuando una herramienta de aprendizaje se confunde con un sustituto del aprendizaje. En el afán de modernizar la educación, muchas instituciones han promovido el uso de plataformas digitales e IA. Incluso han exigido a los docentes sustituir estrategias tradicionales, pese a las advertencias formuladas por buena parte del profesorado.

Las neurociencias y la psicología cognitiva han demostrado que aprender requiere un proceso que ninguna tecnología puede realizar por el estudiante. El cerebro debe atender, comprender, relacionar ideas, recuperar información de la memoria, cometer errores y corregirlos.

Cuando una IA resuelve por el alumno de manera sistemática, el cerebro deja de realizar ese trabajo. El estudiante puede obtener una respuesta, pero no desarrolla conocimiento ni habilidades.

El caso de la UNAM pone de manifiesto otro aspecto relevante: la tecnología requiere usuarios maduros. Nos hemos esforzado por enseñar a manejar herramientas digitales, pero hemos dedicado menos tiempo a enseñar cuándo no se deben utilizarlas. Manejar una IA es una competencia técnica; saber cuándo no usarla es una competencia ética.

Mientras existan estudiantes que otorguen más importancia a la calificación que al aprendizaje y al camino fácil que al esfuerzo, la incorporación de la IA deberá realizarse con mayor prudencia.

Hay aprendizajes que no pueden sustituirse por la tecnología. La práctica deliberada, la recuperación de información de la memoria, la resolución de problemas y la evaluación auténtica son imprescindibles.

La IA puede ayudar a preparar un examen, pero nunca debería presentarlo por el estudiante. Puede ayudar a escribir un ensayo, pero no sustituir el razonamiento. Puede favorecer el aprendizaje, pero jamás reemplazarlo.

Quizá esa sea la enseñanza que deja el caso de la UNAM. Ya no se trata de decidir si debemos incorporar la IA. La pregunta es si nuestros estudiantes tienen la madurez y la ética para utilizarla correctamente.

El futuro no pertenecerá a quienes dependan de la IA, sino a quienes desarrollen una inteligencia capaz de utilizarla con criterio y ética. Esa es la lección que padres, maestros e instituciones educativas no debemos olvidar.

Deja una respuesta