Vivimos en una dolorosa paradoja: nunca hubo tantas comodidades, pantallas y, sin embargo, tenemos más niños y adolescentes vacíos, ansiosos, apáticos o explosivos.
Lo que antes era raro hoy es «normal»: bebés en pantallas, preescolares pasan horas en YouTube, adolescentes anclados a auriculares y escuelas que premian la participación y no el logro del esfuerzo.
La «epidemia de la normalidad» tiene nombre: disfunciones. No hablamos de etiquetas, sino de señales de alarma al hablar de áreas clave del desarrollo -emoción, cognición, social, física, ejecutiva, neurobiológica, conducta, digital y existencial- que se están descuidando.
Cada vez con más frecuencia veo actitudes y estilos de vida autodestructivos en los alumnos universitarios. La amplia mayoría de ellos no estudia por vocación, por aprender algo o por un objetivo vital a conseguir, sino porque «es el siguiente paso» en su vida.
Me inquieta su capacidad de atención y me asombra su escaso y debilitado esfuerzo y perseverancia. Sobre todo, me inquieta la incapacidad para tolerar el aburrimiento sin acudir rápidamente al celular.
Disfuncionales. La nueva normalidad, nuestro libro, tiene como fin abrir los ojos y movilizar a las familias y los centros escolares. ¿Por qué? Pues porque entre seis y siete de cada diez niños y adolescentes tienen al menos una disfunción significativa, y la comorbilidad -varias disfunciones en una misma persona- es la regla y no la excepción.
La buena noticia es que revertir el curso es muy posible. No es necesario pretender llevar a cabo recetas imposibles. Se trata de recuperar lo que es esencial:
- Jugar todos los días, sin pantallas. El juego libre es el que mejor desarrolla las habilidades.
- Leer metódicamente y con calma (con o sin libros). En los primeros años son clave la narración de cuentos, la conciencia fonológica y el vínculo afectivo con los libros.
- Limitar pantallas con reglas claras. Sin dispositivos en recámaras, sin pantallas antes de dormir, sin descontrol en los tiempos y siempre bajo vigilancia. El celular no es ni niñera ni anestesia.
- Rutinas que protejan el cerebro. Horarios estables de sueño (8 a 10 horas según la edad), comida en familia, estudio sin distracciones y espacios de silencio. Límites firmes y cariñosos.
- Escuelas con columna vertebral. Hacer exigencias sin humillar: tareas razonables, evaluaciones honestas, lectura diaria, matemáticas con práctica, educación físico-deportiva y gestión de emociones.
- Propósito y trascendencia. Hablar de valores, de proyectos, de sentido. El antídoto para el vacío no es el entretenimiento, sino el sentido.
Este libro no demoniza la tecnología ni idealiza el pasado. Lo que propone es una brújula para padres y educadores: ciencia clara, testimonios reales y estrategias prácticas para intervenir a tiempo.
Educar es adiestrar cerebros y corazones para que los niños no sean prisioneros de sus impulsos, sino que se conviertan en líderes de su propia vida.