La llegada de Toy Story 5 se da en un momento oportuno para las familias.
En esta entrega, la saga presenta en su argumento central, un conflicto que no gira sólo en torno a juguetes, sino también sobre un nuevo competidor que se está apoderando de la infancia del presente: la tecnología digital.
En Toy Story 5 es posible observar a Bonnie cada vez más embelesada de una tableta, relegando a Woody, Buzz y demás juguetes a un segundo plano.
Efectivamente, podría interpretarse de una modernización de la narrativa ya conocida, pero también de una profunda preocupación de neurocientíficos, psicólogos y educadores: el desplazamiento del juego social, imaginativo y emocional por experiencias digitales altamente excitantes.
Desde la concepción neuroconductual, el cerebro infantil no fue diseñado para desarrollarse en su principal fase de desarrollo bajo la luz de una pantalla.
Durante milenios, los niños han aprendido imitando rostros, interpretando emociones, resolviendo conflictos con otros niños y explorando el mundo físico mediante el juego de la imaginación.
Estas experiencias activan, a la vez, múltiples sistemas cerebrales relacionados con el lenguaje, la empatía, el autocontrol, la creatividad y las funciones ejecutivas.
Cuando un niño juega con juguetes tradicionales, inventa historias, negocia reglas, crea personajes y resuelve problemas. En ese proceso, trabaja intensamente la corteza prefrontal, responsable de la planificación, la toma de decisiones, la flexibilidad cognitiva y la regulación emocional.
En sentido inverso, muchas aplicaciones digitales son un claro ejemplo de gratificación instantánea.
Cada sonido y toda animación, recompensa o cambio de imagen activan circuitos dopaminérgicos asociados a la búsqueda del placer o de la novedad.
El problema no es la tecnología, puesto que pueden coexistir diferentes tecnologías, sino el tiempo que ocupan y lo que reemplazan.
En la película, los juguetes simbolizan todo aquello que contribuye al desarrollo humano profundo: imaginación, interacción social, paciencia, perseverancia y conexión emocional.
La tableta se aplica al atractivo de la actividad de estar en un espacio de percepción constante, instantánea y poderosamente reforzante.
Así lo recogen múltiples estudios que han demostrado que, en la medida en que los niños aumentan el tiempo frente a una pantalla, baja su práctica de actividades que ayudan a su desarrollo pleno.
Comparten menos tiempo conversando cara a cara, interpretando expresiones faciales y aprendiendo destrezas sociales complejas.
Como consecuencia, algunos niños y niñas presentan más dificultades para desarrollar empatía, tolerar diferencias o resolver conflictos interpersonales.
Además, la socialización infantil no consiste simplemente en estar cerca de otros niñas y niños.
Es aprender a esperar a que el otro termine, a negociar, a compartir, a perder, a ganar, a pedir perdón y a identificarse con las emociones de los demás.
Estas destrezas no se aprenden observando pantallas; sólo se pueden aprender con práctica en tiempo real y de un tiempo hecho a la medida de cada infante.
Un aspecto especialmente relevante es el desarrollo emocional.
Con los juguetes de Toy Story, los niños pueden expresar sentimientos, temores y deseos. Un muñeco puede transformarse en amigo, héroe o confidente.
Este tipo de juego simbólico funciona como un laboratorio emocional para los niños y las niñas, en el que ensayan con tranquilidad situaciones difíciles y se entrenan en la regulación de su mundo interno.
Las tabletas, en cambio, suelen ofrecer entretenimiento ya establecido.
El infante consume experiencias elaboradas por otras personas en lugar de fabricarlas él mismo. Cuando esta dinámica se vuelve hegemónica, puede reducir la práctica natural de la imaginación y de la autorregulación emocional.
La película plantea también una pregunta difícil a los padres, ¿qué ocurre cuando un niño obtiene más satisfacción de una pantalla que de las relaciones humanas?
La respuesta no es prohibir la tecnología, sino regularla.
El cerebro infantil debe aburrirse de vez en cuando; debe idear juegos, conversar, leer, correr, cometer errores y resolver problemas cotidianos.
Precisamente en los momentos aparentemente más sencillos se producen los caminos neuronales hacia la autonomía, la inteligencia ejecutiva y la resiliencia.
Desde este punto de vista, Toy Story 5 se puede interpretar como una metáfora de una guerra silenciosa que se está librando ahora en millones de hogares. Una guerra que no es entre los juguetes y la tecnología, sino entre dos maneras de hacer el cerebro.
Una de ellas fomenta el juego, la creatividad y el contacto humano; la otra, la estimulación inmediata y el consumo pasivo de las experiencias.
Para mamá y papá el mensaje es diáfano: los niños no sólo necesitan tecnologí. Niñas y niños necesitan mucho más experiencias humanas de calidad. Necesitan amigos reales, no amigos digitales. Necesitan conversaciones, no notificaciones. Necesitan retos, no entretenimiento infinito.
Al final, la verdadera lección de Toy Story 5 no versa sobre juguetes con pavor a ser olvidados; versa sobre una generación que corre el riesgo de perder oportunidades imprescindibles en el camino hacia el aprendizaje de habilidades emocionales, sociales y neuroconductuales que será imprescindible para acceder al mundo de la vida adulta.
La pregunta que deja la película no es si los juguetes sobrevivirán a las pantallas, la pregunta es si permitiremos que las pantallas sustituyan experiencias que ayudarán a los niños a conformarse como personas emocionalmente resilientes, socialmente competentes, y con capacidad para construir una vida con significado.