Estar presentes y no ciegos

La adolescencia es una época de cambios inesperados, tanto para los padres como para los chicos. A medida que los adolescentes pasan por una variedad de transiciones emocionales, sexuales, físicas, hormonales, intelectuales y sociales, los padres a menudo se preguntan si los cambios en el estado de ánimo o el comportamiento son de adolescentes normales o algo más grave, como problemas de salud mental.

Si se está preguntando si su hija o hijo están sufriendo de estos problemas es importante conocer las señales, como sueño excesivo, disminución inesperada del rendimiento académico, pérdida de interés en las actividades favoritas, de autoestima y pérdida repentina de peso o cambios en el apetito.

Todos se sienten tristes de vez en cuando. Sin embargo, si su hija o hijo están experimentando los siguientes síntomas, puede indicar que sufre de depresión: cambios en los patrones de sueño, aumento o pérdida de peso notable, mal humor inesperado, comportamientos ocultos excesivos, paranoia, expresiones de inutilidad, autolesiones o «cutting», aislamiento excesivo, alejamiento de los amigos, pesimismo o negativismo hacia la vida e inactividad y carencia de esfuerzo.

Estar presentes no significa que los acompañemos físicamente, sino que estemos con ellos en cuerpo, alma y cerebro. Debemos interesarnos por sus hobbies, música, escuela, amigos, reuniones y sentido de vida. ¿Cuáles son sus prioridades? ¿Qué miedos tienen? ¿Cuáles son sus percepciones con respecto a lo que sucede en el mundo?

Entiendo que no es fácil si desde pequeños no hemos tenido espacios en la familia para hablar de sus creencias y sentimientos. Pero nunca es tarde: hagamos, a partir de hoy, tiempos para conversar sin emitir juicios sino solamente para que puedan expresar su vida sin temor a ser censurados.

Es importante empezar en este momento para detectar lo más tempranamente posible algún síntoma de que está en peligro su salud mental y física. Si detectan alguna señal de alarma y no tienen las herramientas para enfrentarla, recurran sin temor con algún profesional para que pueda observar y dialogar con su hijo y determinar si se requiere alguna intervención.

Conozco a una gran cantidad de padres que no quieren o rechazan admitir que su hijo experimenta una situación difícil. Desafortunadamente, cuando los padres decidan buscar ayuda, puede ser demasiado tarde. Recordemos que, si nuestro hijo presenta alguna dificultad, no significa que somos malos padres o que no estamos haciendo bien nuestro trabajo.

Pero sí seremos malos padres si nos cegamos ante la conducta de nuestro hijo y no permitamos que reciba ayuda.

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