El peligro de ser borrego

Como estudiante, escuchaba a menudo la expresión «no seas borrego»: una advertencia para no hacer lo mismo que los demás sólo por pertenecer o buscar aprobación.

Hoy ese riesgo se multiplica con las redes. Un video absurdo puede convertirse en meme, repetirse una y otra vez y terminar conquistando la «normalidad». Lo raro se acepta y se imita sin pensar en sus consecuencias.

El adolescente puede cambiar su criterio por el del grupo. Antes, el rebaño estaba en la escuela o el barrio; ahora incluye influencers, algoritmos y desconocidos. La recomendación vale: «no seas borrego». Pregúntate: «¿por qué lo hacen?», «¿qué consecuencias puede tener?» y «¿realmente quiero hacerlo yo?».

Hace poco, pocos adultos habrían entendido farmear aura. Aura alude al carisma; farmear, término de los juegos en línea, significa realizar acciones para ganar puntos. Farmear aura es hacer gestos para conseguir prestigio imaginario.

Hace más de 70 años, Solomon Asch demostró la fuerza de la presión social. Aunque la respuesta a su prueba sobre la longitud de unas líneas era evidente, tres de cada cuatro participantes siguieron al menos una vez la respuesta equivocada de la mayoría. Podemos negar lo que vemos con tal de no quedar fuera del grupo.

Hoy esa presión viene de desconocidos y recompensa conductas con likes, visualizaciones o seguidores. Sumarse a una tendencia no perjudica el desarrollo. El riesgo surge cuando deja de ser entretenimiento y ocupa el centro de la identidad.

Si gran parte del tiempo y la energía se dedica a cuidar la imagen y buscar aprobación, queda menos para leer, pensar, crear, ayudar a otros o comprometerse con un objetivo. El joven puede estar muy ocupado y no saber responder: «¿qué me importa cuando nadie me está mirando?».

Durante la adolescencia existe especial sensibilidad hacia la aceptación de los pares, mientras siguen desarrollándose la planificación y la autorregulación. La gratificación de ser visto y aceptado podría pesar más en ciertos contextos.

Farmear aura no implica necesariamente ansiedad, depresión o fracaso. Pero cuando la imagen reemplaza a la identidad pueden aparecer comparación constante, miedo al rechazo, dificultad para decidir y necesidad de validación, un patrón que puede trasladarse a la pareja, carrera, trabajo o estilo de vida.

La solución no es ridiculizarlos ni prohibir las redes. Padres y maestros deben ofrecer oportunidades para pensar por sí mismos, tolerar desacuerdos y descubrir placeres que no dependan de una audiencia.

Los chicos no necesitan acumular más aura, sino construir una identidad sólida y aprender a decidir qué valoran y por dónde quieren dirigir su vida.

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