El nuevo estudiante ‘fantasma’

En los últimos años hemos debatido sobre qué ocurre si un estudiante recurre a la inteligencia artificial para realizar una tarea que debería hacer él mismo.

Primero, tuvimos la inquietud de que copiara de Google y pegara (copy-paste) información en sus tareas. Después llegaron ChatGPT y otras herramientas capaces de redactar ensayos, resolver problemas o responder preguntas en segundos. Pero ahora surge algo escalofriante: ya no debemos preguntarnos si el estudiante hizo la tarea sin recurrir a la IA, sino si existe ese estudiante.

El pasado 3 de agosto, la revista The Chronicle of Higher Education publicó el artículo «My Students Weren’t Human. They Were Ghosts» («Mis estudiantes no eran humanos. Eran fantasmas»). Meadhbh McIvor, docente de antropología de Arizona State University, impartía en enero de 2026 el curso online Introduction to Cultural Anthropology con 146 alumnos.

Al principio, encontró algo que muchos docentes pueden reconocer: trabajos imprecisos, redundantes, impersonales o supuestamente generados por una IA.

Pero la maestra notó algo raro. Un alumno publicaba en el foro del curso una reflexión de carácter aparentemente auténtico; horas después, otro publicaba lo mismo, aunque con otras palabras y parafraseado.

Luego volvió a suceder. La profesora identificó hasta cuatro cuentas que parecían absorber las publicaciones de otros alumnos, parafrasearlas y presentarlas como propias.

La señal más alarmante fue cuando los alumnos empezaron a copiar historias personales. Durante la actividad, un estudiante real compartió su experiencia sobre su matrimonio y divorcio. Relató elementos familiares, rasgos culturales que lo identificaban y hasta aspectos sobre su pastel de bodas.

Poco después, un alumno «falso» troceó la misma historia al decir que incluso tuvo que servir su pastel de bodas. Entonces McIvor empezó a hacerse esta pregunta: ¿quién o qué está al otro lado de esa computadora?

Los cuatro simuladores no respondían a sus correos. Recibían ceros y seguían entregando trabajos. No hacían preguntas. No emitían reclamaciones. No se comportaban como estudiantes reales. Finalmente, tras una investigación institucional, la sospecha que todos compartían se confirmó: no eran estudiantes. Eran «estudiantes fantasmas».

Detrás de este fenómeno puede haber algo más serio que la intención de engañar en una tarea: las redes de fraude pueden hacer uso de identidades robadas para matricular a falsos alumnos, simular actividad académica y acceder a ayudas financieras o préstamos.

Para padres y profesores, hay otra advertencia: durante generaciones, el aprendizaje se había producido de esta manera: Estudiante – piensa – aprende – produce. Después, con Google: Estudiante – busca en Google – copia – revisa y pega – produce.

La inteligencia artificial permite una reducción peligrosa: Estudiante – IA – producto.

Un gran ensayo no implica aprendizaje. Una respuesta correcta no implica comprensión. Una tarea entregada no muestra, ni hoy ni hace 25 años, que el cerebro del estudiante haya realizado el esfuerzo para aprender. Hoy necesitamos recurrir a algo humano. Preguntar al alumno: «¿Cómo llegaste a esa conclusión? ¿Puedes decírmelo con tus palabras? ¿Qué opinas?

Y en casa, concientizar a nuestros hijos de que la IA puede potenciar capacidades de pensamiento, pero nunca sustituirlas. McIvor hace una pregunta: «Si existe inteligencia artificial capaz de realizar las tareas requeridas para obtener un título universitario, ¿qué vale dicho título respecto de lo que una persona puede, de lo que sabe hacer?».

La misión educativa no será luchar contra la IA ni erradicarla, sino educar a nuestros hijos para usarla sin desprender aquello que ninguna tecnología deberá sustituir: su esfuerzo, criterio, identidad y, sobre todo, su capacidad de pensar.

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