El maestro no siempre tiene la culpa

En las últimas semanas he escuchado a una gran cantidad de papás y mamás quejándose de la escuela y de los maestros de sus hijos: «El maestro de mi hijo no lo motiva». «La maestra de mi hija encarga mucha tarea y se acuesta muy tarde».

En la actualidad se ha puesto de moda culpabilizar al educador casi de cualquier cosa: del escaso rendimiento del alumnado, de la falta de disciplina, de un mal comportamiento en clase o de la falta de motivación generalizada de los jóvenes. Pero no siempre ellos tienen la culpa.

Los alumnos son el resultado de un mundo veloz, hiperconectado y superestimulante. Se han criado en un entorno de pantallas, de recompensas rápidas y una cultura que evita el esfuerzo. Su cerebro, que ha debido adaptarse a un entorno digital inmediato, tiene menor tolerancia a la frustración, menor capacidad de atención sostenida y más problemas con la autorregulación de sus emociones.

La neurociencia lo ha corroborado: si el cerebro no se entrena en la espera, en el esfuerzo y en el autocontrol, el aprendizaje se convertirá en algo más complicado para el alumnado y para el profesorado, ya que obligará a este a enfrentarse a alumnos que requieren acompañamiento emocional y estrategias personalizadas para poder concentrarse y aprender.

No sólo han cambiado los alumnos, también lo han hecho los padres, que constituyen una generación de padres ahogadores en la tarea de educar a sus hijos, movidos por el amor y por el temor al sufrimiento de sus hijos, que quieren resolverles los problemas, reducir cualquier esfuerzo y protegerlos de la frustración, como si imaginaran que esa es la mejor manera de ayudarles, sin darse cuenta de que son los que más los han ido debilitando.

Un niño que no se equivoca o que nunca vive las consecuencias, o un niño que siempre consigue lo que quiere, no es un niño que desarrolla la resiliencia y la fortaleza mental necesarias para la vida real. De forma que cada vez que el padre o la madre justifican la indisciplina o culpabilizan al maestro por la disciplina, lo que hacen es arruinar la posibilidad de que su hijo crezca.

El maestro actual no sólo enseña matemáticas, historia o ciencias, sino que también educa la atención, la paciencia, la empatía y la disciplina, que eran funciones del seno familiar. Tiene que motivar, contener, mediar conflictos y, a la vez, satisfacer demandas administrativas y tecnológicas, y pese a todo ello continúa históricamente maltratado y juzgado.

El maestro no es siempre el culpable. Es, a menudo, el único que dice «no» cuando hay todo un entorno que dice «sí», el que insiste en el valor del esfuerzo mientras el mundo ofrece todo tipo de atajos, el que todavía cree que la educación puede transformar vidas, aunque esto implique frustrar, exigir y corregir.

Quizá ha llegado la hora de volver a valorar al maestro como formador, no como culpable. Porque sin su guía, su paciencia y su autoridad, ninguna sociedad puede educar ciudadanos fuertes, libres y responsables.

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