Existe una gran cantidad de historias y leyendas griegas narradas hace miles de años, pero que tienen una gran aplicación en el siglo 21. Entre ellas está la narración de Ícaro.
Ícaro es hijo de Dédalo, un gran inventor. Se encontraban en la isla de Creta, de la que Dédalo construyó unas alas de plumas y cera para volar y así escapar. Antes de volar, le dio a su hijo un consejo muy claro: no volar bajo, porque el agua del mar podía mojar las alas, ni tampoco alto, porque el sol derretiría la cera.
El hijo obedeció, pero al poco tiempo la emoción de volar y sentirse superior e invencible lo hicieron olvidar el consejo de su padre. Empezó a subir más y más, aproximándose al sol, y la cera que impermeabilizaba sus alas se derritió y cayó al mar.
Siglos más tarde, el investigador Danny Miller utilizó esta narración para explicar un fenómeno bastante curioso en su libro La paradoja de Ícaro («The Icarus Paradox»). Miller descubrió que una gran cantidad de empresas fracasan no porque se equivocan, sino, por el contrario, precisamente por la situación que las hizo exitosas. Cuando algo funciona bien durante mucho tiempo, las personas tienden a repetirlo y no a cuestionarlo.
Esta idea no solo se aplica a las empresas. También puede ayudar a explicar los riesgos que hoy en día corren los jóvenes y las familias en el siglo 21. En la historia de Ícaro, el problema no fue volar. El problema fue volar con excesiva confianza y prepotencia.
Algo parecido sucede hoy en día con muchos jóvenes. Algunos tienen talento, inteligencia o acceso a tecnología poderosa. Pero cuando este éxito prematuro no se acompaña de autodisciplina, humildad ni adaptación, puede convertirse en una trampa.
Hoy vivimos en una época con herramientas extraordinarias: inteligencia artificial, Internet, redes sociales, plataformas educativas y acceso casi sin límites al conocimiento. Nunca había tenido una generación con tantos recursos.
También emergen nuevos riesgos: jóvenes que dependen de la inteligencia artificial para pensar, estudiantes que quieren copiar respuestas en vez de aprender y personas que creen que el dominio de una herramienta tecnológica garantiza su futuro.
Las competencias y capacidades que actualmente parecen indispensables, dentro de poco tiempo, pueden resultar anacrónicas. Así como sucedía con Ícaro, los jóvenes que se afianzan -demasiado- en una única habilidad o en una única herramienta podrían tener el mismo riesgo de elevarse demasiado (ya que no tienen en cuenta los límites).
Como explica Miller, uno de los errores a los que el éxito puede dar lugar es la idea de que lo que fue eficaz ayer lo será siempre mañana. Esto les sucede a los jóvenes cuando dejan de aprender porque les va bien, huyen de los retos difíciles, buscan siempre el camino más fácil, dependen de la máquina y, sin querer, lo que puede llegar a desarrollarse es una mente rígida.
Por el contrario, el mundo del siglo 21 requiere flexibilidad, adaptación, aprendizaje continuo y, especialmente, humildad. Y en esto tienen un papel importante los padres con respaldo y orientación.
La historia de Ícaro no es sólo un viejo cuento para entretener. Es una advertencia sobre los peligros de la autoestima inflada y vanidosa. En el siglo 21, un gran éxito no consiste solo en tener talento ni en el acceso a la tecnología. Consiste en poseer una mente abierta, humilde, capaz de seguir formándose. Porque en un mundo tan cambiante, las personas que se irán adaptando a esos cambios no serán las que, en primera instancia, vuelen más alto.
Serán aquellas capaces de mantener sus alas en buen estado durante todo el vuelo.