En las últimas semanas me han llamado la atención noticias de que, en algunas ciudades como Toyoake o Kagawa, en Japón, se han implementado leyes que prohíben el uso del celular durante dos horas diarias a sus habitantes.
El motivo es evidente: los niños y los jóvenes están cada vez más cansados, absortos, solos y ansiosos. El teléfono móvil, como acompañante inseparable, parece haberles usurpado el sueño, robado la atención y, en muchos casos, las ganas de aprender y compartir experiencias.
Pero la cuestión de fondo no es si hay que prohibir el uso del celular o no. La cuestión de fondo es: ¿por qué los jóvenes no pueden dejarlo?
El teléfono móvil no es el enemigo; es el simple espejo de una generación que aún no ha aprendido a gobernar sus impulsos. Es una generación que todo lo recibe de forma inmediata y que parece incapaz de tolerar y superar adversidades o carencias como el aburrimiento, el fracaso, el esfuerzo o la perseverancia para alcanzar metas a mediano o largo plazo.
El accidente no se presenta en la pantalla, sino que se moldea en una mente que no ha aprendido a detenerlo. Muchos padres piensan que, si restringen en gran parte las posibilidades de acceso o simplemente retiran el dispositivo por algunas horas, el problema queda resuelto.
Pues no, no es así. Lo que realmente se necesita no es una prohibición, sino fortalecer el carácter: aprender a decidir, resistir y sostenerse.
Prohibir el uso del celular no ataca la raíz del problema: ese estado de inteligencia ejecutiva, o lo que es lo mismo, la capacidad de nuestro cerebro para regular las propias emociones, contener los impulsos y decidir de manera coherente con nuestros valores.
A finales de los años noventa se habló ampliamente de la inteligencia emocional, que no es otra cosa que la habilidad para reconocer y expresar los sentimientos. Fue un gran avance en el mundo de la educación y la crianza, pero en el siglo 21, inmersos en un océano de estímulos digitales, eso ya no es suficiente.
Ahora debemos desarrollar algo más profundo: la inteligencia ejecutiva, que no solo detecta lo que sentimos, sino que también sabe qué hacer con ello.
La ciencia lo confirma: la fuerza de voluntad no es un don, es un músculo que debe entrenarse. Cada vez que un joven posterga una gratificación, enfrenta una tarea difícil o apaga su teléfono para estudiar, está ejercitando su corteza prefrontal, el área del cerebro encargada de la autorregulación, la planeación y la toma de decisiones.
En cambio, el niño al que se le hace todo, al que se le entretiene de inmediato y tiene acceso ilimitado al teléfono, utiliza un músculo que se atrofia. Ya no se trata de un niño dependiente del dispositivo, sino de un joven dependiente de la gratificación inmediata.
En otras palabras, el celular no destruye la voluntad: la pone a prueba. Y la pone a prueba en muchos jóvenes que nunca tuvieron que entrenarla.
Si lo que queremos es que nuestros hijos e hijas sean libres en la era digital, prohibirles el teléfono no basta: tenemos que darles razones que los lleven a decidir y a formarse.